lunes, 27 de noviembre de 2017

Mientras duerme el sol — Capítulo 7

¡Hola a todos! ¿Cómo están? ¡Finalmente doy señales de vida! He tenido una semana sumamente agotadora y llena de tareas y prácticos a presentar —que de hecho, mañana tengo otro que presentar— y recién, a mediados de diciembre me tocan vacaciones —y a fuerza porque ya cierran los institutos hasta finales de enero—, así que me veré mucho más libre por esa época y espero, publicar más regularmente, que tengo mucho qué subir y poco tiempo para hacer todo lo que quiero.




Capítulo 7

El pasado se enturbia — Parte II

No habían hallado  nada que pudiera ayudarlos. Maya se apoyó contra la pared y miró la hora, sus hermanos ya debían estar ahí,  a menos, claro, que les hubiese sucedido algo en el trayecto. Llenó  sus  pulmones y dio un largo suspiro. Sacó a Myrddin del bolso y lo sostuvo entre sus brazos. Ciro se quedó a su lado.

—¿Qué crees que pasó?— Le preguntó Maya a Myrddin.

—No estoy seguro, pero parece que atravesamos un quiebre en el espacio y el tiempo. El mundo está lleno de caminos que pueden comunicar un sitio con otro. Aunque nunca he visto algo como esto—

No entendía mucho de esas cosas. Su abuelo siempre le había dicho que era mejor no jugar con el tiempo y el destino, aunque les repetía siempre:

—Y si lo hacen, el tiempo  y el destino les enseñará que no deben meterse con ellos— lo decía con una expresión pícara, como si él hubiese aprendido de esa manera, aunque ellos nunca habían averiguado más allá de eso, ahora es que se preguntaba si había tenido alguna experiencia parecida a la suya.

Maya esperaba encontrarlos nuevamente. Abrazó fuertemente a Myrddin haciendo que éste la hiciera darse cuenta de sus acciones. Levantó la mirada y eso la hizo ver algo mucho más interesante: había algo delante de ellos. La figura de un hombre envuelto en capa con la cara cubierta por una capucha se hizo ver frente a ellos. Su cuerpo traslúcido dejó caer algo al suelo, algo físico y tangible que produjo un tintineo cuando se estrelló con la tierra.

Abrió su bolso nuevamente y dejó a Myrddin dentro refunfuñando por tener que volver a estar encerrado, no le gustaba, aunque aceptaba que eso era mucho mejor a lo que había pasado los últimos cuatrocientos años que había estado sin posibilidad de salir si quiera, a tomar aire.

Ella dio un paso al frente, con lentitud al ver que la figura pretendía guiarlos hacia algún lugar. Ciro le advirtió ir con cuidado y  la siguió, no iba a dejarla sola. Aunque se agachó a recoger aquel objeto y descubrió que era una placa con una serie de números inscriptos en ella.

Llegaron hasta el psiquiátrico y el ánima cruzó la pared como si no estuviera. Pero ellos no podían hacer tales cosas, por lo que tuvieron que rodear el lugar y encontrar una puerta para poder ingresar. El olor a moho, tierra y un fuerte olor a sulfuro y azufre los golpeó apenas entrar. Ciro siguió como si eso no le molestara, pero ella era otro tema, no iba a soportar una cosa así sin quejarse o intentar abrir una ventana al menos, algo que no consiguió, recibiendo ayuda del fénix dela forma más práctica que pudo encontrar: rompiendo el vidrio con un golpe.

—¿Mejor?— Preguntó sacudiéndose los fragmentos de vidrios de su puño.

—No hacía falta romperlo—dijo mirando su puño sin ninguna herida —Pero gracias, supongo— hizo una confusa expresión, realmente, no estaba segura de qué había sido todo eso.

Aun así, en cuanto volvieron a encontrarse a la aparición, eso quedó en segundo lugar, dirigiéndolos por una escalera hacia los pisos superiores. No tenían más opción que seguirlo si querían averiguar qué es lo que se traía entre manos.

En el entrepiso, su guía se detuvo frente a una columna con un busto en ella y se quedó esperando a que ellos hicieran algo.

—Quizás, haya algo ahí— les señaló Myrddin.

—¿Pero qué?—

—Ve y  toca su cabeza o busca alguna parte que no sea  sólida— les terminó ordenando. 

Maya obedeció a regañadientes, aun así, no halló nada que pudiera servirles de pista. Fue Ciro quien se animó a probar suerte con ello y cambió el busto de lugar en la columna. El piso tembló y se oyó un ruido sordo de algo pesado moviéndose. La pared se abrió un poco, trabándose el mecanismo en el proceso, por lo que el fénix tuvo que forzarlo para que pudieran pasar por  él. 

El ánima volvió andar y ellos la siguieron al interior de aquel escondrijo. Había un pasillo de unos cuatro o cinco metros, algo bajo, por lo que tuvieron que pasar agachados hasta salir de él y ver tres puertas a su alrededor. Quizás, las preguntas que querían responder estuvieran justo ahí. El espíritu desapareció justo en ese momento, sin hacer más nada por ellos que dejarlos ahí dentro.

Maya quería saber un poco más de todo, más, Myrddin le explicó que los espíritus raras veces hablaban con los humanos. Incluso, había algunos que habían estado tanto tiempo vagando que hasta se habían olvidado de cómo es que debían hacerlo. No tenían más opción que ver el interior de las habitaciones. Ella eligió una y la abrió.

La habitación era grande, quizás, más grande de lo que ella se esperaba pudiera ser al estar escondida ahí. Estaba oscura, aunque Ciro hizo aparecer una bola de fuego en su mano para darles luz. El ánima brillaba tanto que había sido suficiente como para poder ver antes, pero ahora que estaban solos, la cosa era diferente.

Los estantes estaban llenas de libros, había archiveros de todo tipo y pilas y pilas de papeles amarillentos y llenos de telas de arañas y polvo. El olor a viejo y a moho se respiraba en el ambiente.
—¿Para qué crees que usaron esto? —Preguntó Ciro quitándose una telaraña de la mano.

—Posiblemente, de escondite. Quien estuviera aquí no quería que lo hallaran o a sus cosas —y tomó una grabadora vieja que encontró entre los libros. Había un cadete dentro, por lo que le quitó todo el polvo y lo rebobinó con esfuerzo que los botones se habían endurecido por el paso del tiempo.

El fénix se quedó frente a ella mirando el extraño aparato.

—¿Qué es eso?

—Es una grabadora —la expresión que hizo al explicarle eso no fue de alguien que hubiese entendido nada y Maya a veces, olvidaba que estaba con alguien que tenía poca noción del mundo aún sobre nociones básicas —puedes reproducir sonidos, decir algo y volver a escucharlo. Hasta música —fue cuando cinta volvió al inicio y lo reprodujo.

La piel se le heló y perdió la fuerza de sus manos, perdiendo la grabadora, si no hubiese sido por la rápida reacción de Ciro, probablemente, habría quedado inútil.

—¿Te sientes bien? —Le preguntó Myrddin preocupado mientras el cassette seguía andando.
—¿La grabadora le hizo algo? —Él seguía mirándola como si fuera magia ¡Es más! Se había sorprendido más con eso que con la magia que ella y sus hermanos habían utilizado antes.

—Las máquinas no hacen eso —lo regañó Myrddin.

—Es mi padre —le explicó a ambos en un susurro— mi padre estuvo aquí.



Al regresar al punto de encuentro sus hermanos lucían una cara entre en el enojo y la preocupación. Hacía más de media hora que los esperaban y no tenían señales de ellos.

Francis se reprochaba el haberlos mandado a los tres juntos. Myrddin podría ser de ayuda, pero Maya era una rebelde y Ciro tenía tan poca noción de las cosas que pensándolo bien y con detenimiento, no era el mejor equipo que  podían montarse.

Al verlos aparecer en frente de ellos, Francis sintió que el alma le volvió al cuerpo. Estaba seguro de que iba a ser más cuidadoso de ahora en más. Estaba anocheciendo y ellos no tenían mucho con qué defenderse y que pudiera ayudarlos a salir de ahí pronto.

—¿Por qué demoraron tanto? —Preguntó Johann levantándose del suelo apenas los vio acercarse.

—Apareció un espíritu —respondió Maya y le hizo  una seña a Ciro para que le entregara la grabadora— nos guio a un pasadizo oculto en el psiquiátrico y encontramos esa cinta —levantó la mirada—es de papá.

—¿Papá estuvo aquí? —Johann se adelantó tomando la grabadora tan sorprendido como entusiasmado ¡Habían encontrado uno de los sitios por los  que había pasado su padre— esto es como seguir sus pasos.

—Es lo más difícil —le dijo Maya —si papá no pudo con esto aun cuando tuvo ayuda de mamá ¿qué te hace pensar que nosotros podremos? 

Era posible que no hayan logrado terminar su trabajo ahí por falta de recursos o por alguna otra razón. Francis quería pensar que era exactamente por eso que no habían terminado su trabajo ahí, que había algo más que los había limitado a marcharse sin hacer nada. Posiblemente, estuviera esto de que hasta  ahora, el pueblo fantasmas —nunca mejor dicho— era funcional y  no lastimaba a nadie, estaba tranquilo, los fantasmas merodeaban en  sus propios límites pues, hasta que no habían quedado atrapados ahí, no habían tenido ningún tipo de conexión con nadie del otro lado. Los fantasmas eran bastante amables y  suponía que era por algo que los hacía estar de esa manera. 

Recordaba lo que su abuelo le decía que un alma atrapada demasiado tiempo en la tierra podía volverse violenta, aunque había encontrado algunas que estaban en un bucle, repitiendo el día de su  muerte una y otra y otra vez hasta  que los ponían a descansar. Había otros que no, que eran violentos y buscaban venganza a toda costa, y estaban esto que parecían tan vivos como ellos.

—Averiguaremos qué sucede —dijo seguro de que iban a llegar al fondo de todo. Aunque con la noche cayéndoles encima, tenían que buscar un lugar donde quedarse y  no parecía que fuera posible tomar algún sitio del pueblo para pasar la noche, así que deberían arreglárselas a la intemperie.


Hicieron una fogata en las afueras con lo que encontraron a su camino. Deberían al menos pasar la noche ahí hasta que amaneciera y pudieran seguir con su búsqueda, que hasta ahora, era bastante infructuosa.

—Me dijiste que no conociste a tu padre ¿Cómo lo reconociste? —Preguntó Myrddin. 

Maya se encogió de hombros mirando el fuego.

—Mamá tenía colección de cosas de papá. Videos, cintas, grabaciones, fotografías. Había tanto que puedo describirlo a la perfección. Las historias de sus viajes, todo —recordó.  

Su madre, Artemisa, siempre lo recordaba y su abuelo tampoco dejaba de contarles sobre sus hazañas o como logró lidiar con la vida de su madre, pues, ambos viajaban mucho,  no fue hasta que formalizaron la relación que lograron establecerse un poco y  aun  así, no faltaban los días en que simplemente, tomaban sus cosas y desaparecían por ahí.

—Fue difícil para mamá superarlo —agregó Francis, quién lo había vivido mucho más de cerca al ser el mayor de todos. Johann era pequeño y Maya apenas un bebé cuando eso había sucedido como  para poder recordarlo.

Se acomodaron alrededor de la fogata, no había otra alternativa de momento, al menos, hasta que supieran un poco lo que sucedía y Francis se tomó su tiempo para saberlo, oyendo la grabación de su padre una y otra vez intentando hallar una pista al menos en ella. Hasta ahora, tenían al menos la historia y una reconfortante sensación de haber escuchado su voz de nuevo.

En medio del silencio de la noche, el sonido de una sirena acabó rompiendo todo rastro de tranquilidad que les había durado tan poco que no habían podido disfrutarlo. La neblina los cubrió hasta las rodillas de golpe, como si la tierra emanara de sus poros el vapor que iba subiendo y cubriendo todo a sus alrededores. 

Todos se levantaron abruptamente de sus lugares aun asombrados por lo que pasaban. Habían vivido situaciones extraordinarias y aun se sorprendían de ello, como si la vida misma no les enseñara que no estaban solos.

—¿Qué es eso? —Preguntó Maya tomando en brazos a Myrddin apenas se levantó.

—No debe ser bueno —dijo Francis— no se separen, no sabemos que hay ahí.

Corrieron hasta el psiquiátrico que era el origen de todo aquello y como antes, cuando habían  visto al hombre caer del techo, la congregación de espíritus era enorme, aunque esta vez, no eran traslucidos como los habían visto ellos, sino, todo lo contrario: parecían personas de carne y hueso y eran cientos y cientos, desde niños, ancianos, hombres, mujeres, de todas las edades como si esperasen un espectáculo ante ese momento. La neblina los rodeaba hasta ese lugar como si fuera una especie de campo que  los separaba del resto, había hecho unas murallas que se perdían en el cielo y ellos estaban dentro de ese espectáculo.

—¿Qué estamos esperando? —Se animó Johann a preguntarle a uno de los espectadores, sin embargo, el hombre le dirigió una mirada por unos instantes y luego, alzó la vista hasta el techo del edificio.

El silencio era tan abrumador que los ponía más nerviosos que los mismos espíritus que estaban frente a ellos.

—Será lo mismo que vimos antes. Posiblemente, si lo detenemos… Lo intentaré —Francis había tomado la iniciativa dejando a los demás solos.

Su habilidad no era tan visible como la de Maya, que podía hacer arder las cosas, pero se las arreglaba mucho mejor que ella, al ser el mayor de los hermanos, había pasado mucho más tiempo sometiéndose a los duros entrenamientos de su abuelo. Podía crear campos de fuerza a su antojo y ahora, los usaba creando peldaños para subir rápidamente hasta el techo, que es donde habían visto arrojarse al hombre.

—¿Cómo es posible que se vean tan reales? —Ciro tocó el hombro de uno de ellos que ni si quiera volteó a mirarlo. El que habían visto antes no se parecía en nada a ellos y él estaba casi seguro de que lo había visto en esa multitud también.

—Hay espíritus de todo tipo, no sólo de personas fallecidas. Algunos de ellos podrían ser de ese tipo o podría ser este espacio temporal, normalmente, eso no sucede a menos que se cumplan ciertas condiciones, aunque aquí parece ser posible —explicó Myrddin. Ni si quiera él estaba seguro de poder decir a ciencia cierta qué es lo que sucedía, pero podía intentar hacer algo por ello.

Francis, por su lado, al llegar al techo logró sostener al hombre antes de que se lanzara del mismo. Aun no podía creer que había detenido a un espíritu con semejante facilidad, pero ahí estaba. La neblina volvía a cubrirlos desde el suelo y aunque pensaban que era suficiente como para que todo acabara, los espíritus que estaban en el suelo, al ver que lo que tanto esperaban no sucedía, comenzaron a manifestar su descontento con tal rapidez que no les dio tiempo a reaccionar a sus hermanos y a Ciro, que ira contenido de los espíritus se desprendió en una fuerte onda que los mandó volando lejos de ellos, impactando entre árboles y columnas.

—Maya, Maya. Johann, cualquiera de los dos —les habló rápidamente Myrddin incorporándose de un salto en el suelo, brincando llegó hasta Maya que no reaccionaba a sus golpeteos con la tapa dura del libro, pero Johann había logrado reaccionar —lee eso —le pidió abriendo sus páginas en un hechizo que se iba escribiendo rápidamente en él.

—¿Qué es eso? —Se incorporó adolorido sobándose la cabeza.

—Apresúrate que no aguantara mucho esto —Ciro había contenido a los espíritus tras una barrera de fuego, pero sentía la fuerza de ellos intentando pasar por  encima de él. También había escuchado la voz de Francis preguntando por ellos, pidiéndole que se quedara dónde estaba o las cosas podrían ponerse mucho peor.

—Muchacho, es para hoy —Myrddin había saltado dándole un fuerte golpe al abrir la portada de sí mismo. Y  podría ser un libro, pero así como tenía carácter, juntaba fuerza también.

Johann lo tomó entre sus manos. Era la primera vez que lo cargaba, que cuando no estaba con Maya, estaba con Francis o se movía solo por la casa, por lo que se sorprendió del peso, que al menos, un kilo tenía el libro. Las páginas estaban amarillas, aun así, las palabras que se imprimieron en Myrddin parecían recién escritas, hasta el brillo de la tinta podía verse. 

Le tomó unos segundos terminar de leer y apenas lo hizo, Myrddin le gritó a Ciro y a Francis que se echaran al suelo. Una ráfaga había salido invocada de sus páginas atravesando la casi disuelta pared de fuego arrasando todo a su paso, con una luz blanca que cegaba a cualquiera que la viese directamente. Y en cuánto cesó, no había quedado nada a su alrededor.

—¡Wow! ¿Qué fue eso? —Preguntó agitado después de ver semejante demostración de poder.
—Un viejo truco que no pensé que tuviera ese impacto —y saltó de las manos de Johann y brincó en el suelo siguiendo el camino que había quedado por la fuerza del hechizo— lo potenciaste al parecer —examinó con detenimiento el suelo— es una forma de exorcizar espíritus o detenerlos. Tú los destruiste por completo.

Francis apenas vio a Maya en el suelo, corrió a despertarla. Se había hecho un corte en la frente al impactar contra un árbol, pero salvo por eso, estaba bien, que pudo hacerla reaccionar pronto.

—Y aunque se fueron, aún estamos atrapados aquí —dijo él ayudando a su hermana menor a ponerse de pie— y no sabemos por qué, que es lo peor.

Lo cierto es que a pesar de que todos habían desaparecido, su entorno no había cambiado salvo por la neblina que había desaparecido. Más, ninguno tenía idea de cómo podían volver a casa, o al menos, a una zona conocida. Pero ni el clima era favorable que había empezado a lloviznar, por lo que lo mejor que pudieron hacer fue volver al auto. Para su sorpresa, al llegar hechos una sopa al mismo, escucharon la radio sonando y Johann al ver su reloj, se dio cuenta de que volvía a andar normalmente y que, para su sorpresa, ya  eran las dos de la mañana. 

Se entusiasmaron pensando en volver finalmente a la cabaña, que ahora, ese lugar no les parecía tan malo, especialmente a Maya que ansiaba poder ver de nuevo la madera vieja y roída de la entrada.



—¿Qué creen? —Francis se había puesto a investigar sobre el psiquiátrico apenas habían regresado y tomado una ducha— 

rue eue se fueron, aun estamos atrapados aquí dedor.
Myrddin le gritó a Ciro y a Francis que se echaran al suelo. una el psiquiátrico fue casi usado como un depósito de enfermos durante la peste negra. Todo aquel que había fallecido por la enfermedad o los que se habían contagiado, eran enviados ahí  —y dio vuelta la computadora para que vieran una foto antigua y gastada del mismo lugar en donde habían estado— aparentemente, habían doctores y científicos que experimentaban con ellos durante ese período. Y si estaban terminales, los cremaban junto con los cuerpos de los muertos.

—¿Personas vivas? —Interrumpió Maya y su hermano asintió con una mueca.

—Hombres, mujeres, niños, ancianos, todos tuvieron una terrible muerte o una dolorosa vida en ese lugar. Hasta que él —y pasó la foto de un hombre— enloqueció. Dicen que mató a todo su equipo, liberó a los enfermos y se tiró desde el techo del psiquiátrico. Adivinen qué hora era cuando escribió su carta de despedida pidiendo perdón.

—Once y veintiséis.

—Exacto —respondió un poco contrariado. Temían a los brujos, pero los mortales podían ser mucho peor que cualquiera de ellos.

—¿Creen que papá sabía todo eso y aun así, no resolvió el misterio? Es decir, contaba con la ayuda de mamá y el abuelo siempre —pensó Johann en voz alta. Pero realmente, ninguno tenía una respuesta a esa pregunta.

Y con esa sensación de que habían estado en un lugar mucho más escalofriante de lo que pensaban y sabiendo que habían liberado a cientos de almas de un dolor continuo que se repetía día con día, dejaron finalmente se sentaron a cenar juntos, que después de todo lo ocurrido, les hacía falta una buena cena.


<<Capítulo seis                                                            Capítulo ocho>>

Espero les haya gustado.

¡Un abrazo!
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lunes, 20 de noviembre de 2017

52 días de escritura: día treinta y nueve y Desafío fantástico

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que muy bien ¡yo sigo por aquí, retomando retos! Ya casi llego al cuarenta +0+ y de paso, había visto éste en Wattpad —en realidad, que me llegó la notificación al correo, que sino, ni me entero o me entero cuando ya han terminado todos (?)—, que es un desafío sobre las celebraciones de fin de año, con cuatro opciones para elegir, con una idea ya para tomarla y llevarla a cabo. Por si quieren leerlo, les dejo aquí todo.

Yo elegí la opción D:

Opción D: Tú eres uno de los invitados. Cuéntanos tu interacción con el vampiro

Y esto viene sumado al día treinta y nueve del reto del Escritor:

Día treinta y nueve: Desarrolla un relato en forma de carta.





Bienvenida a las sombras
Mamá:

             —Bienvenida a las sombras— fue lo primero que escuché cuando abrí los ojos. Estaba tendida en el sillón tres cuerpos. Tenía  dos heridas: una en el cuello y otra en el brazo. La sangre de mi  cuello danzaba en el aire y caía dentro de una copa de vino que parecía que drenaba su  contenido, no importaba cuanta sangre cayera, no terminaba de llenarse. A la derecha, había otra copa idéntica, pero contenía sangre que iba ingresando a mis venas de la misma forma,  suspendiéndose en el aire, como  si mi piel fuera capaz de absorberla.

Debí haberte escuchado  cuando dijiste que era una insensatez asistir a esta fiesta. El pacto de paz está  vigente, pero como dijiste, siempre hay un descarriado que busca crear problemas ¿y  adivina qué? Me lo encontré en esta noche.

Usualmente, estas fiestas son pacíficas. Todas las enemistades se olvidan para poder celebrar un año más que se ha mantenido lejos a los humanos de nosotros. Se los ha mantenido lejos de nuestros territorios y hemos podido cantar victoria de que no hemos tenido que romper ese delicado equilibrio exterminándolos, pues, los humanos son una fuente fundamental de alimento y otros conocimientos para nosotros. Para todos. Aun cuando hay enemistades naturales, cuando se trata de ellos, se los olvida para poder sobrevivir una vez. Además, de que es una buena forma de conocer a nuevos miembros de cada clan: hay tantos niños y muchos que recién han sido convertidos que es sensato ir sabiendo con quién se trata. Incluso, hay muchos como yo, que es la primera vez que asisten a la celebración.

Había mesas y comidas de todos los tipos, formas y colores. Algunas bebidas tenían humo y colores brillantes, amarillos, verdes, rosas que bien no podrías ver quién los bebía en la oscuridad, pero seguramente, su contenido era suficiente como para iluminar los alrededores. Sé que eso es tóxico para mí, por lo que sólo tomé un jugo y comí una manzana. No quise mirar por las otras mesas, ¡había cosas que aún se movían! Y sin tacto alguno, las cortaban o las comían de un solo bocado. Nunca me he sentido tan arrepentida de asistir a una cena.

Lo peor fue ver a los zombis saquear algunas tumbas y comerse los restos podridos de un cadáver. Desconozco el proceso fisiológico, pero juro que babearon cuando ingirieron los ojos. Y hubo un mausoleo donde me dijeron que no vaya porque las súcubos daban rienda suelta a su lujuria y ese día, todo era permitido. No quise averiguar exactamente qué es lo que estaba permitido y qué no.

Brujas, duendes, elfos, ogros, orcos, hombres lobo, centauros, hasta los ya extintos grifos, o eso es lo que siempre habías dicho. Había tantos y entre todas las miradas, me crucé con la suya. Los ojos de color lavanda destellaron bajo la tenue luz de las farolas del cementerio antes de que se largara a llover. Los pasos chapoteaban en los charcos que se formaron rápidamente en el suelo, escondiéndose en las criptas y mausoleos, que rápidamente fueron derribadas todas las barreras. Los truenos fueron camuflando los sonidos de rejas rotas y cadenas cayendo al suelo. La celebración se había aguado. 

Fue en ese momento que me separé de ti por quedarme con él. Siempre me he reído de esas estúpidas novelas de mujeres humanas que se enamoran a primera vista y hablan de que se ven y parece que se conocieran de toda la vida. Me sentí estúpida cuando pensé en que me sentía de la misma manera ahí, bajo la lluvia. Tomé una hoja del suelo que al tocarla, creció tanto que me sirvió como paraguas justo cuando vi que él se elevaba del suelo quizás, igual o más empapado que yo y venía hacía mí. Sonrió y me sorprendí al ver sus colmillos: estaba con el anfitrión. Tú me dijiste que tenía una belleza sin igual y que era, el único vampiro que tú habías conocido con ojos lavanda.

Sin que nos dijéramos nada, mis alas se agitaron en mi espalda y acabamos elevándonos del suelo, esquivando tumbas y monumentos mientras un clavicordio rompía el silencio de la noche y se sumaba al ritmo de la lluvia. La celebración continuaba en otro lugar, sin nosotros.

Nos dirigíamos a la casa que estaba detrás del cementerio, cuando sentí el peor dolor que sentí en mi vida. Mi cuerpo quedó entumecido, me ahogué, sentía que me costaba respirar y que ni si quiera podía hablar, cayendo al suelo lo suficientemente rápido como para no poder salir de mi estado.

¿Sabes qué no me dijiste cuando era pequeña? Que las hadas tenemos tendencia a hacer de pararrayos. Y eso fue lo que me mató. Un rayo.

Khaled, así me dijo que era su nombre, me lo contó al despertar, es por eso que siempre nos quedamos en casa cuando hay tormentas eléctricas. Bueno, nos quedábamos en casa.

La razón por la que te estoy escribiendo es porque me debes estar buscando, pero ya no soy yo: me ha convertido. Dijo que era la única manera de salvarme, que no debo verte un tiempo, el proceso de desintoxicación de mi mundo es largo y poco agradable. Por ahora, espero que estés viendo los fuegos artificiales al igual que yo en otro lugar ¿sabes que son los fénix los que hacen esos bellos dibujos en el cielo? Khaled me lo dijo. No sabía que podía haber fuego de tantos colores y que ellos tenían esa habilidad.

No te preocupes, estaré bien y espero que podamos pasar juntas la próxima Navidad.

Te quiero, Mamá.

Azaly





Me ha salido un drama al final bárbaro, pero me ha gustado mucho. Me hubiese ido un poco más a la descripción de la fiesta y todo, pero tenía límite de palabras, así que creo que es más que suficiente (?). Espero lo hayan disfrutado.

¡Un abrazo!


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