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lunes, 29 de mayo de 2017

52 días de reto: día treinta y uno

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Como para no dejar esto tan abandonado, me paso a traer un reto más que me ha quedado bastante perdido en el tiempo. Mi idea era hacerlo diario, pero los dioses siguen confabulados en mi contra y no hay soborno que los haga desviar la atención hacia otro lado (?) así que espero, salga algo decente. Además, ya le han dado la fecha de la operación a mi madre y con todos los trámites y cosas que hay que ir comprando —que incluso, mañana tengo que ir a cambiarle unas pantuflas porque una le va mal—, que me falta tiempo para todo >.< que ya es esta semana y me tiene bastante nerviosa esto >.<

Día treinta y uno: Escribe una historia que incluya las palabras: “billete”, “magia” y “sordo”.


Mi destino

Llevaba más de un año viviendo en Japón. Nos habíamos conocido en un viaje de casualidad y después de tres años de salir, me fui a vivir allá con él y me propuso casamiento. Podía ser la mujer más feliz sobre la faz de la tierra en ese momento. Tenía un buen trabajo, un novio al que amaba con locura, vivía en un lugar increíble, me sentía plena.

El día de nuestra boda, él fue antes al templo, llevaba los vestidos, el kimono blanco y el vestido largo, de corte occidental para la fiesta. Me enredé más de la cuenta aun cuando mi suegra me ayudaba a vestirme, especialmente, con el obi, vi que había dejado su reloj en la mesita de noche. Lo tomé y lo guardé en el bolso, pensaba que estaría preocupado de haber salido sin el reloj, normalmente, me decía siempre que era un objeto que le daba buena suerte ¡y qué mejor que tener buena suerte el día que te casas!

Nos subimos al auto y emprendimos camino ya más tranquilas las dos, pues, íbamos a llegar a buen tiempo si es que no sucedía nada en el camino. Aunque cuando más nos acercábamos, más nerviosa me ponía y más apretaba el abrigo entre mis manos. Para mejor, hacía frío, mucho frío. Pensaba que iba a ser un día de otoño soleado, pues, ayer el sol había estado bastante fuerte e imaginaba que no iba a haber problemas, pero al abrir la ventana en la mañana, la lluvia se hizo presente y me hizo repensar en algo abrigador para llevar para después. No había pensado en eso al tener un buen clima, demorándome un poco más. 

Pero no importaba, pronto ya nada de esto iba a importarme y mientras más pensaba en ello, más rápido me latía el corazón.

Nos separamos al llegar. Aún faltaba para la ceremonia, así que me fui al templo a buscarlo después de ver a mi hermano y decirme que mi futuro marido estaba hablando con uno de los monjes. Entré y no lo encontré, ingresando por uno de los pasillos internos, caminando como podía con el traje de novia. No sabía que era tan estrecho y pesado, de lo contrario, estaba segura de que lo habría rechazado. Especialmente, al gorro, pero por supersticiones de todos los presentes, decían que sólo podía quitarme el gorro cuando la ceremonia acabase, una creencia de que las novias tenían cuernos por los celos de la madre del novio. Aun no lo entiendo, de donde vengo, los cuernos vienen por otra cosa. Pero allá cada uno a lo suyo.

Y me vi que cada uno andaba en lo suyo cuando abrí la puerta y sentí el tatami más frío de lo normal en mis pies. El reloj se resbaló de mis manos y el sonido sordo me delató, de lo contrario, podrían haber seguido muy metidos en su mundo los dos: mi novio, mi futuro marido, estaba arrinconado contra la pared, besando a una de las sacerdotisas. Me agaché y tomé el reloj mandándoselo por la cabeza: justo en la frente le dio cuando intentó decirme algo, cambiándolo sólo por un quejido.

Me fui. No dije nada, más que porque no podía decir nada que por otra cosa. Fue un momento en que no pensé en lo absoluto en nada, ni si quiera en que estaba descalza, andando con medias blancas o que era una novia que andaba por las calles de Gunma como si nada. Ni si quiera podría pasar por cosplay. En ese momento, intenté recordar algo y me sentí llorar, metiéndome por una de las entradas de subte y subiendo sin pensarlo al primero que paró. En otro momento, si lo hubiese pensado mejor, no habría hecho esto. O quizás sí, si lo hice, por algo habrá sido. Aunque no podía pasar desapercibida ¿qué novia viaja en subte? Ninguna. No había forma de disimular eso, mucho menos, mi llanto o los lagrimones llenos de rímel que habían dejado unas marcas horribles en mis mejillas ¡hasta el maquillaje era malo! No podía pasarme nada, pero nada peor. Lo bueno es que nadie dijo nada, incluso, cuando el gorro enorme quedó agarrado entre las puertas del subte. Estúpido gorro, estúpida ropa. ¡Estúpido mal día! Me quejé mentalmente después de dejarme caer, con el gorro que sobresalía, colgado de la puerta, tapándome el rostro con las manos. Este era un buen momento para que se abriera un agujero negro que me tragase y me hiciera desaparecer. Cualquier cosa en realidad, todo lo que me alejara del protagonismo de este momento iba a ser perfecto.

—En la próxima parada podrá recuperarlo —escuché que me dijo alguien.

Levanté la mirada y vi a un hombre sonriéndome y entregándome un pañuelo. Acepté asintiendo como una tonta y no dije nada, no podía. Intenté abrir la boca y sólo un sollozo que ahogué salió, así que me quedé en silencio. Pero él se quedó a mi lado. No dijo nada, debe haber sabido que tampoco hacía falta decir nada. Preguntar qué le sucede a una mujer que va llorando y vestida de novia es algo redundante: es obvio qué es lo que está pasando.

Estaba ansiosa pero la parada no llegó tan lento como imaginaba, por el contrario, fue demasiado pronto. Apenas nos detuvimos, el agarró el gorro y me lo colocó en la cabeza. Yo quería agradecerle por el gesto, pero antes que cualquier cosa sucediera o tuviera tiempo de nada, me tomó en brazos.

—Los pies, no debe ir sin calzado por la calle —fue la única razón que me dio para eso. Yo ya estaba completamente avergonzada, tanto que creía que el rojo del gorro era pálido al lado mío.

Me llevó así todo el camino. Si ya llamaba la atención antes sólo por estar así, ahora, era mucho, pero mucho más notoria mi presencia ¿Qué debía hacer? ¿Gritar que un extraño me estaba raptando? En realidad, creo que es lo que debería haber hecho, hacerme de algo y escapar ¡no era normal! Pero, no lo hice. Habrá sido el shock, el sólo saber que nada iba bien y que si pensaba en volver a casa, iba a encontrarme a mi familia, a mis amigos, a él... por sobre todo, a él e iba a tener que dar explicaciones y probablemente, iba a llorar de nuevo hasta que los lagrimales se me secaran. Tantas cosas pasaron por mi mente que un extraño llevándome en brazos fue lo de menos para mí. Me di cuenta de que mi estado de lucidez mental era nulo como para tener una preferencia de este tipo.

Me dejó en la puerta de un negocio, se detuvo a buscar las llaves y abrir: era sastre. ¡Oh, vida mía! Si me paraba a pensar, podría haber dicho que era cosa del destino, pero no lo hice, sólo lo seguí. 

—No será tan elegante como lo que llevas puesto, pero pasaras más desapercibida —me dijo luego de buscar entre la ropa, dándome una camisa y un pantalón, señalándome una puerta para que fuera a cambiarme de ropa.

Sentí que perdí como veinte kilos cuando me quité el kimono. Hoy sé que no pesaba tanto, que era una cosa psicológica, emocional, no lo sé, pero nunca una prenda se me sintió tan pesada como en ese momento, hasta sentí el ruido fuerte cuando cayó al suelo y me coloqué la camisa, tanto así como si no llevara nada a comparación de lo que acababa de quitarme. Me sentí cómoda, aun cuando había un completo desconocido del otro lado. 

Ese siempre ha sido uno de mis grandes defectos y una de mis más grandes virtudes: confío demasiado rápido en las personas. Mi madre me lo repetía todo el tiempo: los pies en la tierra, pero nunca pude hacerlo, ni si quiera ahora, que sólo pensaba en salir y dejar la ropa en un lugar donde no pudiera verla. Y aunque la había doblado así nomás y la dejé sobre una silla que vi cerca, él se acercó, la tomó entre sus manos y la colocó sobre la mesa de trabajo para doblarlo perfectamente bien, para que no se arrugara. No había visto tal dedicación por la ropa antes. 

Me invitó un café, nos presentamos. Reí y lloré como nunca ese día, el que pensé que iba a ganar un puesto en el top ten de los peores días de mi vida, lo recuerdo con mucho cariño.

Hoy, a cuatro años de aquello, de nuevo estoy usando un kimono blanco, ligero y suave, como ningún otro, hecho sólo para mí, como si fuera magia, me siento otra usándolo. Él me abre la puerta del coche, y se asegura de subir detrás de mi para que no pierda el wataboshi.



Wataboshi 綿 帽子: Es un accesorio que usan las novias en los casamientos —es como una capucha grande—, que se cree, sirve para esconder los cuernos de la novia —tal como si fueran demonios—, así también, hay quienes creen que es simplemente, para que su cabello no quede a la vista o la teoría que se contó en el relato, que es para esconder los cuernos de la envidia de la suegra. También, había escuchado que simboliza la obediencia hacia el marido y sus deseos de ser parte de su familia. Lo cierto es que, son supersticiones que hay alrededor de lo mismo, pues, el origen del gorro como el motivo por el que se lo usa, no es muy claro y ninguno de lo dicho arriba es cien por ciento seguro, más bien, cada uno cree lo que le cae mejor —así de bonito es el japonés (?).—

 El dibujo es bastante viejo, de hará dos o tres años. Ahora que lo he digitalizado, voy a corregirlo y ya lo verán más bonito apenas lo termine.

 Espero les haya gustado <3

¡Se cuidan!

Bye!
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jueves, 25 de mayo de 2017

Relato juevero: Los colores del silencio

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que de maravillas <3 Retomo un poquito los relatos del jueves que, venía sin darme tiempo a participar >.< pero organizándome un poco, espero llegar, que encima se me vienen los exámenes y ensayos y no sé por dónde más sacar tiempo para no faltar a nada >.<

Esta semana toca escribir sobre un tema bastante peculiar y es 'los colores del silencio'. Y nos toca hablar de secretos, palabras omitidas, no dichas. Aunque inmediatamente de leer el título, pensé en la sinestesia, por lo que mi relato irá orientado por ese camino, que cumple casi literalmente con el título (?).

Por si quieren ver a los demás participantes o sumarse al encuentro, pasense por el blog de María José Moreno <3 que es quien nos coordina esta semana.




Los colores del silencio

Siempre me pregunta exactamente lo mismo: cómo sé que es él. Yo le respondo que es intuición. No sé si se lo tomara a bien, quizás, sí, quizás no. Cuando llega, la lluvia de estrellas azules llega a mí hasta envolverme. Y es un tono de azul muy particular, como su perfume. Es una locura poder ver olores, pero lo hago. Así sé que aun entre la multitud, si me sorprende de espaldas o me tapa los ojos, sé que porque puedo ver su olor en el aire. Y es tan diferente y único como el de cada persona.
Es un don, me digo siempre. Es un don y no un defecto, pero es mi secreto.

Ahora mismo, sé que está por llegar, le he visto sin que él lo sepa. No se escuchan sus pasos por el ruido de las personas en el restaurante, pero él llega y me tapa los ojos. Sé que sonríe.

—Jorge— suelto entre risas y él, frustrado, se sienta después de darme un beso.

—Aun no entiendo cómo lo haces. Aún faltan tres personas por llegar, podría haber sido cualquiera—
—Pero tú no eres cualquiera— no disimulo un gesto coqueto al decirlo.

Él sonríe negando la cabeza y continúa insistiendo hasta que digo aquella frase que lo deja con una sonrisa aún más amplia: Intuición femenina. Quizás, algún día lo sepa, pero hasta entonces, será mi secreto mejor guardado.







Espero les haya gustado. Para quiénes no tengan idea de lo que es la sinestesia, les cuento a grandes rasgos qué es: es un trastorno sensorial donde dos o más sentidos se encuentran cruzados. Según he leído, el tipo de sinestesia más común es asignarle colores a las letras sin que lo tengan, aunque hay varias formas de tenerla, como esto de ver los olores, degustar el tacto, ver los sonidos, etc.

Anteriormente, había hecho un relato que era sobre ver sonidos, por si quieren verlo, pueden pasar por aquí.

¡Se cuidan! Pasan un hermoso día y unas buenas noches.

Bye!
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