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martes, 31 de julio de 2018

Enemiga mortal — Parte II

¡Hola, hola, mis amores! ¿Cómo están? Les traigo la continuación y esta vez, sin demoras <3 (?) Bueno, quizás, un poquito, pero nada más. Ésta ya es la última parte y ya posiblemente, lo próximo que suba sea la continuación de alguna de mis novelas (aún no he revisado cuál <.<), así que será un poco sorpresa (?).

Sin más, los dejo con la continuación de la historia.

 


Caminaron tomados de la mano hasta su casa. Fuyuki aun llevaba al pato contra su pecho, durmiendo muy plácidamente mientras Kakashi se encargaba de la bolsa de los mandados. Iwao había pasado un día demasiado lleno de emociones como para obtener una más.

—Yo prepararé la cena —dijo apenas se quitó los zapatos ingresó a la vivienda— huele a quemado ¿Dejaste algo cocinándose?

Fuyuki sintió un sudor frío recorrerle la espalda al cruzar el umbral de la puerta, aún con la ventana abierta, la cocina no se había ventilado lo suficiente y él quería entrar. Su novio dijo que iba a cocinar y lejos de dejarla feliz ¡tan sólo la preocupó más! Se adelantó dejando a Iwao-kun en el suelo y parándose frente a él y brindándole una de sus mejores sonrisas enredando juguetonamente su cabello en su dedo índice, se acercó a él de manera seductora, necesitaba alejarlo de la cocina y ganar tiempo para dejarla más o menos presentable como para que la regañina fuera más leve para ella.

—¿Y si mejor vamos a cenar fuera? ¡O mejor aún! Nos mudamos de casa, ésta ya está vieja y fea —dijo la mujer apoyándose contra su pecho.

Kakashi la observó alzando una ceja rodeándola para llegar a la cocina más intrigado por esa insistencia que tenía en no dejarlo entrar en esa parte de la casa. Tenían todo para hacer la cena, no iba a salir cuando lo que más quería era cenar con su novia y dormir. Fuyuki intentó detenerlo una vez más sin éxito, viéndolo avanzar peligrosamente hasta la escena del delito. No tenía muchas opciones a ese momento. Pronto, su compañero se posó a su lado.

—Muy bien, Iwao-kun, al primer grito que se escuche en la cocina, corremos y no miramos hacia atrás ¿entendido? —Le dijo al pato poniéndose de cuclillas yse encogió de hombros cerrando los ojos cuando sintió su nombre ser silabeado por él: era su señal para desaparecer.

Ella se puso de pie lista para salir por la puerta cuando él la detuvo:

—¿A dónde crees que vas? —Pronunció con un tic en la ceja viendo la espalda de su mujer. Fuyuki no se movió y el pato estaba en plan de imitarla, quedando estático apenas sintieron la voz de Kakashi.

—Tan sólo iba a salir a tomar un poco de aire. Como dices, hay un poquito de olor a quemado —respondió tímidamente volteando a ver a su novio claramente enojado por lo que había visto.

—¿Qué fue lo que pasó en la cocina? ¡Hasta la cacerola tiene un hueco! Y es acero inoxidable ¿qué intentaste hacer? ¿Cocinar ácido? —preguntó exaltado. Sabía que era mala en la cocina, pero en esa ocasión, se había superado ella misma. Lo que veía en esa habitación de su casa no lo había visto en ningún campo de batalla.

—¡Es tu culpa! —Lo señaló con el dedo acusador mientras el pato extendía las alas a su lado como una imitación que le quitaba toda seriedad a la escena— si no hubieses dicho que querías una gran cena el día de hoy, esto no habría pasado.

—Fuyuki-chan.

—Hice mi mejor esfuerzo, pero tú cocina me odia.

—Es una cocina, no puede odiarte.

—¡Claro que puede! —Rebatió frustrada— probé tantas veces que tuve que salir de compras de nuevo y…

Kakashi cerró los ojos mientras se frotaba la frente con los dedos índice y pulgar. Exhaló el aire muy lentamente, no podía creer que en unas pocas horas que la había dejado sola cocinando hubiese hecho un desastre de tal magnitud. Se fijó en ella y notó algo en lo que no había reparado anteriormente. Se acercó a su mujer y ella cerró los ojos lista para escuchar su regañina, más, no llegó, sino que sintió cómo él tomaba sus manos y le quitaba los guantes de tela que llevaba puestos y se encontraba con un par de cortes y hasta una quemadura en sus manos.

Fuyuki se lo quedó mirando un instante hasta que reaccionó y fueron hasta la mesa del comedor, donde la dejó y él la curó.

—¿No estás molesto? —Hizo una mueca apenas tocó una de sus cortadas limpiando su herida.

—Un poco —respondió sin alzar la vista hasta que no la vendó correctamente, que ella apenas le había prestado atención a ella concentrada  en la comida— te lastimaste y pensabas ocultarlo ¿te hiciste algo más?

Ella negó rápidamente con la cabeza entreabriendo los labios sin poder emitir palabras. Recordaba en ese momento lo serio que podía ser Kakashi cuando se trataba de cosas así y sentía su corazón latir a mil por hora mientras veía su ceño ligeramente fruncido a causa de ella, justo cuando lo que menos quería era que se pusiera así. No le gustaba preocuparlo por tonterías, después de todo, ya había hecho suficiente desastre por un poco de arroz y pescado como para sumarle algo más.

—Entonces…

—Te diré que no me importa nada si la casa se cae si a ti te pasa algo.

Fuyuki se levantó, rodeó la mesa y se sentó sobre su regazo, tomando su rostro con sus manos con suavidad entre sus manos, moviendo sus pulgares sobre él. Acarició sus mejillas y apoyó su frente contra la de él, cerrando los ojos un momento. Kakashi acarició su espalda, la hacía sentir tan a gusto con él que no quería que sus momentos juntos acabaran nunca. Sólo con él acababa deseando un rato de eternidad en el que pudieran compartir un momento así, sin pensar en que el tiempo lo haría llegar a que terminase.

—No quería preocuparte. Lo siento —dijo finalmente Fuyuki observando sus ojos negros fijamente— yo quiero ser una buena novia para ti; complacerte en todo sentido y si me pides una cena así, quisiera poder conseguir hacerla para ti. No me importa si me lastimo un poco con tal de hacerte feliz.

—Fuyuki —él tomó sus manos y las sostuvo entre las suyas con ternura, cuidando de no hacerle daño— si a ti te pasa algo, yo no soy feliz. Aun si es un rasguño ¿lo entiendes? —ella asintió levemente con la cabeza.

—Pero…

—Sin peros. Sólo cuídate y no hagas locuras por complacerme.

—Pero…

Kakashi se bajó la máscara y la besó dejando sin palabras a su novia de esa manera. Apenas se separó de ella, la mujer relamió sus labios y lo miró con los ojos brillantes enfocados en él, esa mirada que le dedicaba en la que casi se podía palpar la gran devoción y amor que ella le profesaba.

—¿Quieres otra razón o con esa te alcanza?

—Me gustan tus argumentos —aclaró ella rodeando su cuello con sus brazos y volviendo a besarlo de esa manera tan intensa y pasional con la que ella lo besaba, demostrándole en el movimiento de sus labios lo mucho que lo deseaba en todo sentido— de todas formas, seguiré intentándolo —aseguró acurrucándose contra su pecho.

—No esperaría menos de ti —se levantó con ella en brazos y la llevó  a su habitación— me encargaré de la cocina, tú quédate aquí y no hagas nada.

—Pero puedo ayudar —rebatió su argumento en tono caprichoso a punto de levantarse.

Él la detuvo, no tenía pensado dejarla hacer nada, no sabiendo que hablaba de dejarla entrar al lugar que casi destruia. Se colocó a su lado y la recostó contra su pecho, apresándola entre sus brazos. Fuyuki sintió el corazón de su novio ligeramente acelerado moviendo su cabeza para poder verlo. Como de costumbre, su rostro volvía a encontrare cubierto con su máscara y sólo podía ver sus ojos que miraban sin mirar al frente, al instante, volteó a verla y le dio un beso en la frente frotando su espalda en un dulce gesto.

—Fuyuki-chan, he perdido a muchas personas queridas para mí a lo largo de mi vida. Mi padre, mi equipo, compañeros —enumeró mientras ella observaba sus labios moverse debajo de la tela que cubría la mitad de su rostro sentía su corazón acelerarse escuchando atenta sus palabras, rara vez le hablaba de esas cosas sin que ella se lo pidiera— tú eres lo más preciado de mi vida. Perderte a ti está fuera de discusión.

—Kakashi-kun…

—No te pongas en peligros inútiles —le pidió abrazándola fuerte, dejándola sin palabras. Sintió cómo inhaló el perfume de su cabello y cerró los ojos rodeándolo con sus brazos y quedándose así con él, anhelando prolongar ese contacto por siempre— quiero atesorarte.

Pasado unos minutos, Fuyuki sintió que su novio aflojó el abrazo y su pulso se relajó. Alzó su mirada y le dedicó una bella sonrisa. Llevó sus dedos al rostro ajeno que fueron seguidos fielmente con la vista y luego de contornear su máscara, la deslizó hacia abajo e hizo el mismo recorrido piel con piel. Fuyuki corrió el flequillo de su novio, se concentró en su expresión cansada, esa expresión aburrida que era de sus favoritas, y cuando acabó el sondeo de su faz, unió sus labios a los suyos.

—Kakashi-kun, nada me va a separar de ti. Te lo prometo. Vas a tener muchos y muchos años junto a mí y muchos más sufriendo por el estado de la cocina.

—Voy a prohibirte la entrada ahí —le dijo con una sonrisa acercando su rostro al de ella y dándole un corto beso en los labios.

—Pero si lo hago con buenas intenciones…

—Fuyuki-chan, no importa si tus intenciones son buenas o malas, la cocina perecerá en un par de horas contigo —se rio de ella y su novia contraatacó con un mordisco en el cuello— y me arriesgo a decir que hablar de horas es muy optimista, minutos sería mejor.

—Si no fuera por ti, no sucederían esas cosas.

—¿Quieres que me vaya? —Alzó una ceja sujetándola de los hombros.

—No, me gusta estar así. Tú lugar es debajo de mí, así que no te vas a ningún lado.

—¿No quieres que vaya a hacer la cena? —preguntó mientras su novia se acurrucaba encima de él y la abrazaba con dulzura y una sonrisa.

—Pide algo. Quiero estar así más tiempo contigo.

Tan cómoda estaba encima suyo que se quedó dormida mientras su novio acariciaba su cabello. Alzó la vista al escuchar su nombre, pero se dio cuenta de que Fuyuki soñaba y hablaba en sueños. Sonrió y la acomodó a su lado en la cama aunque ella se negaba a soltarlo, manteniendo sus brazos alrededor de su torso.

—Tuviste un día duro, princesa —la arropó con las mantas y se quedó viéndola quitándole una rodaja de tomate que vio enredada en su cabello. Kakashi se quedó mirándola y la dejó en la cómoda para botarlaluego mientras pensaba en cómo es que había llegado a eso. No entendía como Fuyuki podía infiltrarse en lugares con alta seguridad sin levantar sospechas y no podía hacer un poco de arroz hervido.

El pato llegó graznando, trepándose a la cama agarrándose con el pico y las patas hasta llegar arriba. No sabía si era el trauma de casi haber sido estofado o que realmente, nunca aprendió a volar. Lo cierto es que Iwao-kun se manejaba de esa manera para llegar a los sitios altos y luego, graznaba porque no sabía bajar de allí.

Kakashi lo vio llegar hasta Fuyuki y se la quedó mirando.

—Kakashi-kun, Cheese-kun no es de queso aunque lo parezca. Yo lo probé —murmuró ella contra su pecho y él atrajo más a sí besando su frente riéndose con suavidad.

Kakashi tomó a Cheese-kun y lo dejó para que ella lo abrazara y él se levantó de la cama llevándose al pato fuera para que durmiera tranquila.

—Nunca me faltes, Fuyuki-chan —le pidió acariciando su mejilla y la vio sonreír en sueños antes de hablar sobre las maravillas de la espuma del jabón. Era inútil intentar descifrar que es lo que soñaba, pero le gustaba verla balbucear cosas incoherentes en sueños y en la realidad también— no sé qué haría sin ti —sonrió y cerró la puerta dejándola descansar. Él iría a limpiar y preparar la cena con el pato entre sus brazos pensando en lo mucho que había cambiado su vida con la llegada de Fuyuki, hasta tenía un pato de mascota y la cocina deshecha. Y aun así, estaba seguro de que no cambiaría nada por estar con ella.Encontró su estabilidad exactamente en ello: en no tener estabilidad alguna y contar con una sorpresa con cada momento que compartían juntos. Su rutina desapareció y encontró con ella la paz que le faltaba, hasta su casa triste y fría se había convertido en un hogar con la presencia que se colaba cada noche por su ventana hasta que llegó a formar parte de la casa. 

La amaba. No podía pedir más. Quizás, y tan sólo quizás, un poco de habilidad para cocinar…


<<Parte I

¡Un abrazo!
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domingo, 29 de julio de 2018

Enemiga mortal — Parte I

¡Hola, hola, mis amores! ¿Cómo están? Espero que de las mil maraviillas <3 poniéndome un poquito al día por aquí, les traigo cuento nuevo <3 Si no han leído nada de estos personajes, los invito a pasar por El cielo a mi favor y encontraran mucho más material de ellos en ese índice.

Les cuento, además, que el relato estará dividido en dos partes porque me entusiasmé escribiendo y salió larguísimo, así les es más cómoda la lectura.

Enemiga mortal

Se descuidó un momento y cuando volvió a ver el atún, ardía en la cocina. Fuyuki lo sacó de la hornilla tirándolo en la pileta de la cocina, con sartén incluido ¡y fue peor! El fuego creció con mayor rapidez impidiéndole abrir el grifo, alcanzando la pared. Para su fortuna ¡la pintura era inflamable! Así que rápidamente, vio el fuego extenderse por casi toda la pared alcanzando parte del techo de la cocina.

Fuyuki salió corriendo de la habitación con el pato siguiéndole los pasos mientras este último graznaba fuertemente por lo asustado que estaba; volvió a los pocos minutos con el extintor y apagó el fuego. Del atún quedaba una cosa quemada y negra en la cocina y la peor parte, es que la pared había quedado completamente negra por las quemaduras. No sólo tenía la salsa en el cabello, que había intentado procesar las verduras y se olvidó poner la tapa a la procesadora, viendo volar los ingredientes por la cocina ¡y ahora!Se sumaba esto. La mujer suspiró con pesadez y tragó duro cayendo derrotada de rodillas al suelo. Iwao, el pato que tenía de mascota, la vio y se subió a su regazo ahora que el peligro del fuego había pasado y que veía a Fuyuki decaída.

—Iwao-kun, no sirvo para esto —dijo tristemente abrazando al animal que se acomodó entre sus brazos— quería hacer una cena digna de Kakashi-kun y mira, pondrá el grito en el cielo cuando vea la cocina…

Quedó totalmente bajoneada al ver el desastre que había hecho para cocinar una cena de tres pasos. Ni intentó el postre o posiblemente, necesitarían otra casa después de su intento, que por muy buenas intenciones que tuviera, la cocina no estaba hecha para ella. Tenía salsa en el cabello, los dedos lastimados y un problema grave de refacciones, hasta, una cacerola con el arroz pegado a la base y otra en condiciones que prefería evitar detallar. No supo cómo, pero el arroz parecía soldado al fondo de la misma. Si hubiese pensado en una ensalada no le habría pasado algo como eso.

El pato la golpeteó en la barbilla con el pico y graznó fuertemente mientras comenzaba a aletear todavía entre los brazos de la mujer. Fuyuki lo vio con los ojos bien abiertos y pronto, una sonrisita floreció en sus labios.

—¡Tienes razón! No debo dejar que uno o dos errorcitos me desanimen —dejó al ave en el suelo y levantó sus brazos volviendo a remangar su camisa— pero antes… tenemos que volver a comprar todo —le dijo a su emplumado compañero y buscando su bolso, salió con el pato una vez más a hacer los mandados.

Cocinar para ella era hacer cálculos para las compras en grandes cantidades, no porque fueran muchos comensales sino porque ella sabía que no iba a salir a la primera. Pero ya había agotado sus intentos y no le quedaba más que una cebolla y un poco de limón… todo lo demás ya había pasado a mejor vida. De paso, tendría que sumar a su recorrido una farmacia que se habían quedado con muy poco en el botiquín. Aunque le costase, no se iba a dar por vencida, al menos, no hasta que viera el rostro de su novio con una sonrisa por la cena que ella le haría.

Fue tienda por tienda con Iwao-kun caminando a su lado. Fuyuki iba atenta de su compañero hasta que entró a la pescadería. El pato se había quedado debajo del cartel que tenía la oferta del día, por lo que ella no se preocupó, ya que éste siempre la esperaba en sus compras y entró, no le iba a tomar más de un par de minutos. Sin embargo, al salir, no lo encontró.

—¿Iwao-kun? —lo buscó con la mirada y revisó exactamente el lugar donde lo había dejado, comenzando a pasar comercios y preguntar a los transeúntes por el animal.

Con el pasar de los minutos y la falta de su mascota, Fuyuki comenzó a preocuparse más y a ponerse ansiosa. Tanto fue así que se le cayó la bolsa de los mandados por buscar al ave y no se dio cuenta de ello, comenzando a andar rápidamente por el camino recorrido buscándolo. Lo llamaba y hasta silbaba como si se tratase de un perro esperando que la oyera y regresara con ella, y mientras más tiempo pasaba sin tener noticias, los nervios iban en aumento quedando a flor de piel.

Caminó por cada una de las calles de Konoha sin saber nada de él, preguntando a cuanta persona encontraba en el camino esperando que alguno pudiera darle una noticia, una mera pista del paradero de Iwao-kun sin tener éxito alguno.

—Es un pobre e indefenso patito. ¡Alguien tiene que haberlo visto! ¿Y si alguien lo llevó y piensa cocinarlo? ¿Y si un perro lo atacó? ¿Y si…? —Salió corriendo llamándolo antes de seguir pensando en todas las posibilidades y lo mal que veía a Iwao-kun en cualquiera de ellas.

Atardecía y ella andaba frustrada. Estaba cansada y ya creía haber recorrido todas las calles de Konoha sin encontrar señales de su mascota ¡Nadie lo había visto! ¿Qué tan difícil era notar que había un pato andando solo por ahí? Su tarea se convirtió en una búsqueda de una aguja en un pajar y lo peor es que pronto llegaría lanoche y se dificultaría mucho más encontrarlo. Se le acababan los sitios donde buscar, en realidad, tampoco tenía mucha idea de dónde podría haber ido, que después de las compras que hacia con ella, Iwao-kun no era exactamente un pato muy aventurero ni si quiera sabía volar como para salir fuera de la casa por lo que sus opciones se veían reducidas a que alguien lo había llevado y eso, la estaba carcomiendo. Si esa era su única alternativa, encontrarlo iba a ser mucho más complicado que ya no se trataría de recorrer las calles sino, de saber quién había atrapado a su mascota.

Fuyuki se sentía mal, parecía una confabulación en su contra para que nada ese día le saliera bien ¡nada! No terminó la cena, no podría darle aquella gran noche a Kakashi y había perdido a Iwao-kun.

—Le fallé a Iwao-kun y a Kakashi-kun… soy una pésima novia —se dijo mientras andaba con el corazón en la boca aun con la esperanza de encontrarlo. Se detuvo al ver al final de la calle aparecer a su novio con el pato en brazos y la bolsa de mandados, dándose cuenta en ese momento que no la llevaba consigo.

Fuyuki lo vio como si tuviera brillo propio. Apareció justo cuando menos lo esperaba, como un gran héroe. Se tomó un instante para reaccionar y corrióhacia él y tomó en brazos a Iwao-kun apenas lo vio con algunas lágrimas a punto de derramarse de sus ojos.

—¡Lo encontraste! Iwao-kun, me preocupaste. Pensé que ya no iba a volver a verte —le dijo feliz mimándolo y alzando la vista momentos después para ver a su novio en frente de ella. Apenas lo vio se sintió avergonzada, ella no había llegado a hacer nada por él ni si quiera le había pedido ayuda y llegó haciendo lo que ella no consiguió en todo lo que anduvo en la tarde buscándolo. Kakashi sin decir nada, había resuelto su mayor preocupación en un santiamén y ella ni si quiera era capaz de cuidar un pato y preparar un poco de arroz— ¿cómo lo encontraste?—preguntó intentando olvidar todo aquello que la molestaba.

—Te vi en la calle corriendo buscando a Iwao-kun, perdiste el mandado e invoqué a Pakkun. Encontrarlo no fue difícil. Se fue detrás de unos niños que tenían unas galletas dulces, cuando se dio cuenta, ya no estabas cerca y empezó a graznar y aletear asustado. Encontrarte a ti fue más complicado, no te quedaste quieta toda la tarde y Pakkun tuvo que seguir tu rastro varias veces.

—Lo siento —dijo con la cabeza gacha— no pude hacer la cena que querías por estar buscando a Iwao-kun.

Él sonrió bajo la máscara y la atrajo a su pecho dándole un beso en la cabeza, diciéndole que no se preocupara por esas cosas, sin saber lo importante que era para ella poder darle con todo gusto y complacer hasta el mínimo capricho que él tenía. Fuyuki estaba apenada, triste de no haber sido capaz de algo tan sencillo y de no poder darle la sorpresa que ella tanto ansiaba, por supuesto, ésta no incluía el estado de la cocina, sino lo que ella podría prepararle, pero no sería ese día.





Espero les haya gustado <3

¡Un abrazo!
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jueves, 26 de julio de 2018

52 días de escritura: día nueve

¡Hola, hola, mis amores! ¿Cómo están? Después de muchísimo tiempo de tener este reto abandonadísimo ¡lo continuo! Hay algunas consignas que me tienen a cuadritos, creo que ésta era la peor de todas, la más complicada ¡que mira que hablar de locura sin decir nada sobre la locura! ¡Es una locura! Y me costó, porque siempre caía en lo mismo y los sinónimos aquí, no ayudan >.< ¡pero lo he superado! Con mucho esfuerzo y quizás no sea lo mejor que haya escrito, pero ¡me gusta! Y con esto, estoy mas que satisfecha.

Por si quieren curiosear el reto completo, los invito a pasarse por aquí.

Espero sus opiniones <3




Día nueve: Tienes prohibido utilizar la palabra “locura” (y cualquiera de su familia). Tu relato se desarrollará en un manicomio.


El impacto del rayo

Los tres se sentaron al entrar a la habitación. Él tomó asiento en la silla tras el escritorio, los otros dos hombres se sentaron en los sillones del frente. Colocó el reloj controlando el tiempo que duraría la sesión. Se ahorró formalismos, eran innecesarios con aquel hombre, intentaba usarlos y lo ignoraba o se ponía más ansioso con ellos y ante ciertos rasgos de su personalidad, notó que avanzaba mejor cuando iba directo al grano.

—¿Las voces han vuelto? —preguntó el terapeuta.

«Dile que no, que estás bien»

—No he vuelto a oírlas.

Él anotó en su libreta mirándolo tras los anteojos de culo de botella, acomodándolos sobre su tabique tras terminar de escribir.

—¿No ves a nadie que no sea real?

«Desaparecimos. Dile eso»

—No, sólo veo lo que tengo que ver.

El terapeuta se aclaró a garganta volviendo a dirigirle una mirada con desconfianza. El paciente entrelazó sus manos, se miró los pulgares y acabó cruzando las piernas en el sillón.

—Hablemos de tus sueños ¿duermes bien? ¿Has vuelto a tener premoniciones?

«Eso ya se acabó. Sólo fueron algunas coincidencias, entiendes que no tienes poderes sobrenaturales»

—Sólo fue suerte. Soy sólo un humano común y corriente —vaciló moviendo la cabeza mirando por la ventana y volvió a cambiar de postura, cruzando las piernas y echándose contra el espaldar.

—No has vuelto a hablar de la experiencia del rayo ¿a qué se debe eso?

«No tiene sentido recordar malos momentos»

—Entiendo que es una experiencia traumática y olvidarlo es lo mejor —respondió Cris y se puso de pie caminando hacia la ventana, había alguien afuera y él, no podía hacer nada desde aquella oficina, recluso como si fuera sujeto de experimentos. 

Tembló.

—¿Sucede algo?

«Tienes frío»

—Quiero volver a mi habitación. Necesito abrigo.

El terapeuta miró el reloj: quince minutos. Hizo una última anotación y cerró su libreta dejándolo libre hasta su próxima cita. 

Él salió con calma después de despedirse, el otro hombre lo siguió y en cuanto estuvieron fuera, corrió con rapidez. Cruzó el pasillo como alma que lleva el diablo. Una enfermera lo vio e intentó detenerlo, le gritó que no corriera y él no pudo hacerle caso, si perdía el tiempo, no iba a lograrlo.

«Eso te va a costar caro» dijo el hombre que lo acompañaba, de manera pausada, a él no le hacía falta correr para seguir su ritmo.

—Lo sé —jadeó sin detenerse— luego veré cómo arreglarlo.

Abrió la puerta al jardín, corrió a través de los columpios y tacleó a la muchacha antes de que hiciera una tontería. Cayeron al suelo y en el césped, la cuchilla de una máquina de afeitar brilló en el manto verde.

Algunas enfermeras y pacientes —quizás, los más curiosos o lúcidos— habían salido, algunos, quedándose en la puerta, mirando desde ese lugar a la distancia.

«Prepárate a seguir mintiendo» dijo a su lado con las manos en los bolsillos y una actitud despreocupada, casi divirtiéndose de la situación en la que estaba.

Cris miró a su acompañante y luego, a la mujer que se largó a llorar. Las enfermeras la llevaron y una de ellas, vio la cuchilla en el suelo.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó la enfermera. Cris se encogió de hombros y cruzó los brazos levantándose del suelo y siguiendo su camino a su habitación.

El terapeuta que lo atendió anteriormente, se acercó a él preguntándole acerca del incidente. Y sólo dijo que lo vio a través de la ventana incrédulo, pero sin más qué decirle a Cris lo dejó marchar a su habitación.

«Te has vuelto experto mintiendo» le dijo el hombre que lo acompañaba a su habitación. Nadie más que Cris podía verlo y el único error de él había sido contarlo. Así, había terminado encerrado y ahora, anhelaba su libertad una vez más.

—Si quiero salir de aquí, debo hacerlo —abrió la puerta y entró a la habitación. Su compañero de cuarto estaba durmiendo, así que se echó en su cama mirando al techo.

Su compañero se quedó a los pies de la cama.

«¿Qué harás ahora? Ambos sabemos que no te van a creer» se rio y tanteó en sus bolsillos hasta que encontró una caja de cerillos y sus cigarrillos. Encendió uno y reposó su espalda en la pared.

—Saldré de aquí. De lo contrario... —tenía varios planes en mente. El mejor era salir por las buenas, con un certificado que asegurara que era una persona sana y en todas sus facultades físicas y mentales. Más, si eso no sucedía a la brevedad, tendría mucho qué aprovechar.

El día que comenzó a ver a Fabián, fue el día que Cris sobrevivió al impacto de un rayo. La tormenta lo había alcanzado y lejos de llegar a un lugar seguro, estaba a la deriva en la playa, lejos de llegar a la ciudad. No supo quién lo encontró ni cómo llegó hasta una cama de hospital, respirando para novedad de todo los médicos que lo atendieron. Y ahí estaba él, sentado al lado de su cama con una sonrisa amarillenta y un pucho entre los dientes.

Su vida cambió desde el momento que sintió su aliento mentolado. Primero fueron las visiones, luego, levitó del suelo y por sobre todo: seguía viendo a Fabián. No había nadie más que lo notara, sólo él.

En cuanto pidió ayuda profesional, lo seguro fue eso: encerrarlo en aquella habitación, terapias dos veces a la semana y un coctel de medicamentos que lo volverían normal y funcional una vez más.

Después de un año y con sus recientes visiones, una más espeluznante que la anterior, Cris comprendió que su lugar no era el encierro y que aquella experiencia cercana a la muerte le había dejado algo grande que él no sabía aprovechar... hasta ahora.

Su salida convencional era lo que más esperaba, pero ese incidente en el patio le costó caro. Su segunda opción era más sencilla: en unos días habría tormenta. Y entre el alboroto de los truenos, de los rayos y de los enfermos, aprovecharía a salir, se elevaría del suelo mientras el agua cayera del cielo y sería libre de nuevo.

Lo había visto en un sueño, Fabián se lo había confirmado: él salvaría el mundo. Sería el héroe que salvaría el mundo.

******
El cielo rugió con furia, se iluminó con fuerza. La cerca de alambres era lo que lo separaba del afuera. La miró, se hinchó de orgullo y de fuerza y subió a ella. Fabián lo siguió con la mirada cuando un rayo lo alcanzó.

Esta vez, Cris no se levantó.




Espero lo hayan disfrutado <3

¡Un abrazo!
 
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domingo, 22 de julio de 2018

El sacrificio de Isaac — Parte III

¡Hola, hola mis amores! ¿Cómo los trata la vida? Ya estoy de terminando mis vacaciones y an no termino de publicar este cuento >.< qué vergüenza. Pero hoy llega a su final, ya luego me encargaré de llevar al día la novela, que después de este cuento, he tenido ideas interesantes que agregar a la trama. Espero que les gusten tanto como a mí <3



El olor a barro podrido le dio náuseas y la hizo reaccionar. Maya se frotó los ojos mirando a su alrededor con ojos entreabiertos intentando acostumbrarse a la fuerte luz que entraba por un hueco en el techo: estaba encerrada en una pequeña habitación. El piso era de tierra, húmeda por la lluvia había ido pudriéndose con el paso de los días dejando un olor asqueroso en el ambiente. La puerta de madera estaba cerrada, trabada por fuera y sus posibilidades para escapar se veían reducidas a cero. No había forma de subir y no tenía forma de destruir la puerta. Se concentró las veces que pudo sin lograr hacer ni si quiera una pequeña chispa, cayendo al suelo y ensuciando el pantalón. Pronto se dio cuenta de que no tenía su bolso consigo y eso significaba que Myrddin no estaba con ella.

El encierro la puso nerviosa y saber que estaba separada de ellos dos no ayudaba en nada a que pudiera tranquilizarse. Buscó algo que la ayudara a abrir la puerta, frustrándose sin hallar nada, cediendo a su única opción: gritar. Esperaba que Ciro estuviera cerca y pudiera oírla. No obstante, con el pasar de los minutos, llegó a la conclusión de que estaba totalmente sola. 

Con la garganta seca y sin ánimos, echó su espalda contra la fría pared. Intentó pensar en algo, pero su mente estaba en blanco. En ese momento, es que necesitaba de la ayuda de sus hermanos, que estaba segura que Francis habría ideado un buen plan para poder salir de ahí. 

Cerró los ojos e inspiró profundamente. Estaba impaciente, pero ante sus nulas posibilidades de escapar, no le quedaba otra opción que esperar a que Ciro llegara por ella o sus hermanos pudieran sacarlos de ahí dentro. No era algo que ella supiera hacer, que esperar no era su fuerte, sin embargo, nada más quedaba en su lista de ideas. Levantó la cabeza y miró la luz que entraba por la falta de techo y de pronto, volteó a mirar la pared y buscar una forma de subir, incluso de crearse alguna manera de trepar el muro cuando notó algo que la puso de los nervios: su mano estaba cambiando. Su piel se veía más clara que antes y su cuerpo estaba pasando por aquella transmutación que la hizo querer gritar ¡y hasta su voz sonó diferente! Gutural, ronca, como si fuera un hombre.

Maya corrió hacia la puerta una vez más, gritando y golpeándola cuando la misma se abrió y dejó ver a un hombre del otro lado. Si ella se hubiese visto en un espejo, habría notado exactamente algo: eran idénticos. Su cuerpo había cambiado hasta adoptar la forma de Isaac. La desesperación se apoderó de ella cuando la tomó del brazo y la llevó fuera. No entendía cómo es que él sí podía usar su magia para mantenerla de esa manera y ella, apenas sí podía hablar en ese momento. Sus músculos se entumecían si hacia otro movimiento que no fuera el que Isaac le indicase: estaba sometida a él.

Salieron y se dirigieron exactamente al sitio que ella reconoció perfectamente: era el lugar del sacrificio de la pintura. Isaac desapareció, dejando a Maya sola siendo retenida por Abraham, quién era, quien le daba muerte en el cuadro. Ella transpiro helado, su boca se contrajo intentando producir un sonido sin éxito alguno.

Del otro lado, Francis y Johann veían con asombro como el cuadro se movía y los personajes antes estáticos, iban cobrando vida, listos para representar la escena del cuadro. No era lo más loco que los hermanos habían visto, y aun así, no dejaban de verse sorprendidos por ello.

—Hay que sacarlos de ahí y pronto —dijo Johann nervioso. 

Francis asintió. Era consciente de lo que sucedía y de lo que debían hacer. Ahora estaban seguros de que era el cuadro el que había sido el causante de todas las desapariciones, posiblemente, asesinatos y que debían hacer algo antes de que su hermana menor o el fénix se sumaran a la lista de desaparecidos.

—¿Y qué haremos? —preguntó mirando el cuadro— ni si quiera sabemos cómo es que entraron y ahora… —Johann volteó y quedó semi encorvado después de que el bolso de Maya lo golpeó en la cabeza. Se vio sobresalir el lomo de Myrddin del interior del mismo, haciendo un sonoro ruido agitando sus ojos y diciendo fuerte una maldición. 

Johann se irguió sacudiendo su cabeza dejándole un fuerte dolor y mientras se sobaba la zona lastimada, se dio cuenta de que Myrddin había logrado salir de la pintura. Francis tomó el libro entre sus manos mientras el rostro se iba formando en las portadas, frunciendo el ceño y contando lo cansado que se sentía después de haber hecho no uno, sino, varios intentos por moverse estando en aquel universo de la pintura. No tenía fuerzas ni magia suficiente como para poder emitir una sola palabra y poder advertirles a sus compañeros de lo que él sabía.

—¡Esa pintura! —dijo dando un brinco en las manos de Francis y quedando mirando el cuadro que ya no representaba nada de lo que ellos habían visto cuando entraron por primera vez en la Casa de la cultura, ahora, la escena iba cambiando a medida que sus actores iban moviéndose y llegaría lo peor— es una de las pinturas malditas. Hubo un tiempo en que el Consejo de ancianos se negó a destruir obras de artes a pesar de ser peligrosas. Detrás, mira detrás de la pintura —se dobló moviendo el listón separador de hojas señalándole a Johann por donde debía mirar— debe haber un sello roto. Alguien debe haberse descuidado y fue cuando comenzó todo esto.

—¿Y qué se supone que hagamos ahora? —dijo Johann con la pintura volteada viendo efectivamente, que un pedazo del cartón en donde estaba el dibujo del sello se había rasgado y caído, dejando libre el mal que habitaba dentro de aquella obra.

—Haremos lo que hace siglos se debió hacer: destruirla. Pero antes, hay que salvar a Maya y al pajarito.

—¿Pajarito? —Francis repitió la palabra entre confundido y a punto de reírse.

—Será un fénix, pero parece un pichoncito. Oye, déjame en el suelo y trae aquella tiza que usabas —le pidió
******

Al haber quedado solo, Ciro no sabía por dónde empezar a actuar. Tampoco conocía de arte ni tenía habilidad alguna para poder actuar por cuenta propia. Sus poderes era una de las pocas cosas que podía utilizar estando solo y a veces, dejarse llevar por algún impulso, algún presentimiento que le decía que si lo hacía, iba a salir todo bien. En ese momento, el fénix no tenía idea ni de una ni de otra cosa, tan si quiera tenía un palpito de ello. Y casi dejándose llevar por lo único que podía hacer, comenzó a caminar con la esperanza de hallar a la mujer o a Myrddin y que éste lo guiara. El libro era de gran ayuda cuando quería, aunque a veces, podía resultar un poco grosero, la suerte que contaba con Ciro es que rara vez entendía que lo estaba tratando mal.

Llamó a Maya varias veces esperando que en alguna de ellas, obtener una respuesta. Sin embargo, aunque Maya no apareció, sí llegó alguien más a detener su andar. Un hombre vestido de manera escasa, con una estola que cruzaba el pecho y apenas lo tapaba, la misma, se enrollaba en su cintura a modo de taparrabos. A Ciro esto le llamaba la atención después de tantas veces que había oído decir a Maya regañarlo por su falta de vergüenza o decoro, algo que él nunca había tenido en cuenta antes de conocer a los brujos.

—Necesito tu ayuda, de otra forma, seguiré repitiendo lo mismo una y otra vez.

—¿Qué repetirás? —preguntó el fénix ladeando la cabeza con las manos en los bolsillos.

—Las muertes, tu amiga corre peligro —Ciro se tensó y fue cuando mostró preocupación en su expresión tomando a aquel hombre por los hombres mirándolo con seriedad.

—¿Dónde está? —Se apresuró a tomarlo del brazo y comenzar a caminar con paso rápido— llévame con ella. 

El hombre lo detuvo explicándole que así no iba a poder salvarla. Se llevó la mano a la cabeza y corrió unos rizos cobrizos que cayeron sobre su frente y miró al fénix que estaba impaciente. Él sonrió y golpeó la frente de Ciro, aunque fue algo suave para él, la fuerza usada casi hacer caer al fénix al suelo. Aunque, apenas estuvo por decir algo, sintió un calor bien conocido por él, abriendo y cerrando sus puños viendo como el fuego volvía ser parte de él. Sentía de nuevo el flujo de su magia correr por sus venas y eso, aunque no lo demostró tal y como los anteriores sentimientos experimentados, lo emocionó. Podía sentirse un poco más confiado de esa manera.

******
—Tú, has algo útil y córtate la palma. Necesito un poco de sangre —le dijo Myrddin a Johann haciendo un símbolos rúnicos en el suelo con la tiza. Francis traía algunas hierbas del auto, según lo que el brujo le había pedido. Myrddin se las estaba ingeniando bastante bien para poder llevar a cabo por cuenta propia, debido a que no conocían aquella clase de hechizos y temía que no estuvieran lo suficientemente entrenados como para llegar a hacerlo bien.                                    

—Un por favor, no estaría mal —se quejó Johann sacando la navaja y haciéndose un corte en la mano.

—¿Ahora eres una niña? —Johann hubiese estado feliz de poder quemarlo un poquito con la mirada, pero se limitó a tan sólo respirar profundo y seguir sus instrucciones: su hermana estaba en riesgo y pelear por tonterías no era algo que lo ayudara— sigue esos puntos arriba de los símbolos. Necesito un poco en cada uno de ellos.

******
Ciro y el hombre extraño, que se había presentado simplemente como Ángel, miraban a Abraham trayendo a un hombre a rastras, con las manos atadas en la espalda.

—Esa es Maya —le dijo Ángel a Ciro desde su escondite. El fénix negó con la cabeza— es un engaño. Todas y cada una de las personas que han desaparecido han pasado por lo mismo. Los transmuta haciéndolos tomar su apariencia para que mueran en su lugar. Así, ha sobrevivido todos estos, engañando a la muerte y sacrificando inocentes.

»Casi logra escapar con ese libro que traían consigo. Pude sacarlo… pero necesitaremos ayuda de afuera para que ustedes salgan. Mis habilidades no son tan grandes —terminó de explicar cuando vio a fénix ya adelantándose antes de que le hicieran daño a Maya.

El fénix golpeó a Abraham y antes de que intentara acercarse a Maya, salió el verdadero Isaac, encontrándose a ambos. Abraham miró con sorpresa perdiendo el arma ante la incredulidad de encontrar a dos personas idénticas.

Ángel intentó frenar al fénix de hacer algo más. Ni si quiera lo había escuchado y se había mandado al frente sin saber nada de su enemigo.

—¡Ciro, detrás de ti! —Le gritó Maya viendo aparecer atrás del fénix al verdadero Isaac atacándolo con una espada. 

Éste esquivo el ataque, agachándose y aprovechando el haber recuperado sus poderes, encendió el piso haciendo que la planta de sus pies se quemaran al estar descalzos.

Del otro lado del libro, Francis y Johann veían la escena mientras Myrddin terminaba de hacer el ritual lo más pronto que podía, intentando apresurarse y ser cuidadoso para no cometer ningún error o podría ser fatal para todos.

—Apresúrate, Myrddin… —Johann estaba más nervioso que todos y saber que no podía hacer nada más que mirar a través del cuadro, no ayudaba en nada.

—Hago lo que puedo, niño. Cállate o no acabaré —dijo el libro brujo volviendo a cerrar los ojos y repitiendo el conjuro en voz baja, aumentando el tono de voz a medida que avanzaba en su recitación.

Mientras tanto, Ciro peleaba con Isaac. Ángel aprovechó a desatar a Maya y alejarla del fuego que se había desencadenado alrededor de ellos.

—¡Ahora! —gritó Myrddin— salten.

Apenas escuchó eso, Isaac fue el primero en intentar escapar de la prisión del cuadro. Ciro no estaba dispuesto a permitir algo como eso, dándole un codazo y una patada al estómago, haciéndolo caer al suelo. Sin embargo, éste no iba a quedarse quieto y lejos de poder competir con el fénix en aquella condición, dejó ver su verdadera naturaleza. Su cuerpo tomó un color oscuro y como escamas negras, su piel se fue cubriendo de ellas. En su espalda, se rompieron las escamas y brotaron alas de color carmín, brillante y con un líquido viscoso cayendo de ellas: era sangre. De esa manera, se arrancó un dedo y lo convirtió en una lanza, levantando vuelo y atacando al fénix. Éste apenas esbozó una sonrisa e igualando condiciones, dejó atrás su cascarón humano para volverse un fénix y pelear cuerpo a cuerpo.

Maya, que gracias a Ángel ya podía volver a lucir como ella misma, estaba preocupada por Ciro y ante aquella transformación, estuvo a punto de intervenir si no hubiese sido por Ángel que la tomó de la muñeca y la arrojó fuera del cuadro.

—Yo me encargaré —dijo mirando hacia el exterior, encontrándose con los hermanos y sonriéndoles. De su espalda, alas blancas nacieron y emprendió vuelo hacia la batalla que en el cielo se desplegaba.

—Hay que destruir el cuadro —interrumpió Myrddin.

—Pero Ciro sigue adentro —dijeron los tres al unísono.

—Lo sé, pero este hechizo tiene un tiempo limitado, tiene que salir de ahí ahora.

Johann se apretó la mano herida y le gritó al fénix que se apresurase y dejase eso para después. Ciro apenas lo escuchó, estaba ardiendo de emoción. Aquello se parecía a sus días tras dejar el paraíso, cuando debía impartir justicia y castigar a los impíos, una de las pocas actividades que hacía después de dormir.

Ángel intervino, deteniendo a Isaac por las axilas. Del pecho de Ángel nacieron cadenas que se enrollaron a Isaac, apresándolo a él.

—Vete —le ordenó— y destrúyanlo ahora.

—Pero acabaras corriendo su misma suerte —dijo hallando un poco de paz en la batalla, meciendo sus alas envueltas en fuego para mantenerse en el aire.

—Es un precio justo por las vidas que no pude salvar —respondió con pena en su tono de voz y eso, causó ciertamente que se le estremeciera el corazón.

Ciro asintió con la cabeza y volvió a su forma humana, saltando fuera del cuadro.

Apenas estuvo del otro lado, Myrddin salió del círculo y le pidió a Francis que echara las hierbas al centro y Johann echó el cuadro en el mismo. Al finalizar la recitación del libro, el cuadro comenzó a arder en un fuego azul hasta que se deshizo por completo, dejando solo cenizas de su contenido. 

Cuando el fuego se extendió, finalmente pudieron respirar en paz. Limpiaron el lugar, aunque la falta del cuadro se iba a notar en la mañana, habían cumplido con su trabajo y ahora, el lugar podría seguir funcionando normalmente. La policía, posiblemente, cerraría el caso al no tener pruebas y al ver que las desapariciones cederían en los próximos días.

******
—Tengo un nuevo disgusto hacia el arte —dijo en bufido Maya sentándose en el asiento trasero del auto con Myrddin en su regazo.

—Por esta vez, te apoyo, hermanita —suspiró pesadamente Johann haciendo su cabeza hacia el espaldar del asiento— necesito una hamburguesa.

—Yo quiero un café —dijo Maya y Francis la secundó. Myddin se acomodó mejor y dijo que dormiría un poco.

Ciro permaneció en silencio y tomó la mano de Maya, dedicándole una sonrisa. La muchacha lo miró asombrada y en sus labios, floreció una sonrisa también mientras Francis los veía por el espejo retrovisor rumbo a una cafetería.





¡Un abrazo!
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