sábado, 14 de enero de 2017

Lectores otakus: En el murmullo de la cascada

¡Hola a todos! ¿Cómo están? ¡Ya está la tercera ronda de la iniciativa! Y bastante surtida, así que espero poder participar en más de una sección en esta ocasión. Por si les interesa verla, por curiosos o por participar, les dejo el link justo aquí.

Como la vez anterior y ya sabiendo como soy yo cuando de sueños se trata, lo primero que haré será el cuento ¡por qué sí! Además, tuve un sueño anoche que tengo que plasmarlo al papel —o a la pantalla, en su caso— así que me viene de anillo al dedo para participar del evento.

Cuéntame un cuento: Escribe sobre el sueño que más recuerdes o la peor pesadilla que haz tenido.
 
 
En el murmullo de la cascada

Había pasado toda la noche mirando por la ventana. El murmullo de la cascada se oía a la perfección, tanto como en aquellos días, pero aun así, no me había podido quedar dormido. No así los hermanos Athens dormían plácidamente sobre la única cama que había en la cabaña. Fran había quedado con el libro sobre su pecho, Maya acostada por los pies de la cama y Johann en una postura bastante extraña para dormir, casi con medio cuerpo fuera de la cama. Aun así, ninguno se había levantado en toda la noche ni cuando le quité el libro a Francis o cuando los cubrí con una manta a ellos. 

Tenían un sueño muy plácido.

No sé por qué sigo aquí. Quizás, ellos tampoco.

Maya es muy buena conmigo.

Francis habla poco.

Johann siempre bromea o eso es lo que dice Maya. Yo no lo entiendo. 

Me gusta la cascada. El sonido del agua al caer es sumamente relajante. La lluvia también lo es. Aunque cualquiera pensaría que por mi naturaleza, el agua sería lo último que me gustaría tener cerca.

—Los fénix odian el agua— me dijo Maya cuando nos encontramos una vez en un río.

A mí me gusta. No sé si habrá otro que pueda decir lo mismo, pero al menos, me gusta la sensación que da al caer en mi piel. Un golpeteo suave que termina convirtiéndose en una cálida sensación, húmeda y relajante. Por supuesto, si me veo como un fénix, puedo camuflarme entre los humanos, algo que ellos me sugirieron para que no haya más malos entendidos ni nadie intentando cazarme.

Los humanos son extraños. Tanto ellos como la mujer que está allá afuera, al borde de la cascada. Me acercó a la cama y los despierto para que la vean: la mujer está al borde, mojada, vestida de blanco.

—Hay alguien allá— les señalo por la ventana. Ellos miran.

—Mierda, va a saltar— dice Francis y sale de la cabaña, sin buscar la chaqueta que traía al llegar ni nada. 

Maya y Johann lo siguen y yo, los imito. No puedo hacer nada más que ello. Corren bajo la lluvia, apenas salir y ya estamos completamente empapados. La lluvia cae con tanta fuerza que se siente el golpe fuerte sobre la piel de las gotas.

Francis y Johann le gritan que se detenga, pero eso no sirve. Piensan en un conjuro, lo veo en su mirada, pero no pueden hacer nada a semejante distancia.

—Iré por ella—

—¡Ciro, no!— me grita Maya pero ya me he arrojado al vacío, agitando las alas, dejando atrás mi disfraz humano. El fuego que me cubre se va apagando fácilmente mientras intento alcanzar a la muchacha que cae al vacío, hundiéndose en la espuma de la cascada sin que yo pueda encontrarla.

Me quedó abajo. Me siento más cansado de lo normal ¿será por el agua? Vuelvo a usar mi traje humano en lo que ellos bajan y espero a que la joven que saltó, siga con vida. Pero no hay nada ahí. Nada de nada.

—¡Muévete!— me gritó Johann y lo sentí tirarse encima de mí, haciendo que ambos cayéramos al agua. Estaba helada. No llegué a ver qué es lo que sucedía fuera hasta que subimos a la superficie.

Maya y Francis habían quedado frente a un tigre blanco. O en parte, un tigre. Su pelaje era entre pelo y escamas y a los costados del cuello, se podían ver sus branquias externas. Fue la cosa más rara que vi en mi vida. Y había visto muchas desde que había dejado la cueva.

Francis usó el empedrado, haciendo que se levantaran y lo atacaran, acabando por disolverse en el agua, como si hubiese sido parte de ella desde siempre.

Estábamos empapados cuando volvimos a la cabaña. Nos envolvimos en las mantas y quedamos al lado del fuego esperando que la ropa se secara. Maya decía que me sentía mal por tanta agua. Aunque es cierto que jamás había estado bajo una tormenta de esta magnitud, probablemente, tuviera razón.

—¿Qué fue eso que vimos?— Preguntó Johann arrimándose más a la chimenea, enrollándose en la manta por el frío.

—Lo vimos antes ¿no lo recuerdas? Cazamos uno con el abuelo una vez. Fue la primera vez que hicimos el trabajo casi solos— le recordó Francis observando las llamas.

Al parecer, su abuelo tenía muy malas costumbres por lo que había escuchado. Le gustaba ponerlos a prueba y aparecer en el momento menos indicado o cuando ya no lo necesitaban. Y desaparecía en el momento en que su ayuda era vital. Maya siempre se había quejado de eso. Aunque no sé por qué es más fácil dejarles hacer el trabajo a ellos si él sabía bien cómo acabar con todo. Supongo que son esas cosas las que no podré entender nunca de las personas.

—¡¿Casi solos?! ¡El viejo desapareció y nos dejó solos con el tigre! Casi había olvidado aquel encuentro y me lo tenías que recordar ahora. Volvimos a casa y él tomaba una cerveza mientras escuchaba el partido por la radio— se quejó.

—Pero tenemos ventaja entonces ¿no? Sabemos a qué nos enfrentamos. Lo curioso es la mujer que cayó al río— intervino Maya.

Y cuando ella lo dijo, recién caía en cuenta de que ninguno vio su cuerpo. Ni cuando estábamos bajo el agua llegamos a encontrarla. Fue como si se hubiera desvanecido o diluido, tal como había hecho el tigre anteriormente.

Maya salió de la casa y yo la seguí fuera. Me intrigaba saber qué es lo que pasaba. Es lo que llaman curiosidad, según escuché. Es difícil ignorarla, aun cuando te digan que es lo que mata al gato. Supongo que los humanos son fácilmente comparables con esos animales aunque no les note un rasgo característico. Ni pelaje, ni garras, ni bigotes.

—¿Qué es lo que harás?—

—Dejarte a ti bajo techo— me dijo señalándome la cabaña, pero la verdad, es que yo no quería volver, así que insistí en seguirla.

Ella respiró fuerte, aun con el sonido de la lluvia, podía escucharla a ella. Caminó a mi ritmo, quedándose a mi lado hasta que llegamos al punto donde la mujer había caído.

—Espero que los fénix no se resfríen— me dijo. Asentí esperando que eso no sucediera, fuera lo que fuera.

—¿Qué hacemos aquí?—

—Buscamos indicios. Si mi memoria no me falla, esta cascada se llama el velo de la novia ¿te suena?— Negué con la cabeza —hay una leyenda de un par de enamorados que murieron aquí, justo antes de casarse. Ella aparece en las tormentas, reviviendo el día de su muerte, para que la cascada suene más fuerte y le respondan a él. Aunque nunca había escuchado lo del tigre— dijo corriendo el agua de su rostro en vano —mira— se detuvo e hizo que la imitara — si la miras justo desde este ángulo, puedes ver como la cascada tiene la caída como el velo de una novia—

Volvimos después de eso y nos quedamos hasta el amanecer despiertos, ya secos y sin la lluvia que aguara el paisaje.

Francis nos dijo que deshacernos del Suiko, aquel tigre blanco, iba a ser fácil, pero no así del fantasma. Si querían darle un descanso eterno, debían encontrar su cuerpo. Cosa que no iba a ser nada fácil, aunque suponían que por el lugar donde el fantasma aparecía, es que sus restos debían estar cerca.

—¿Cómo la encontraremos? Si está en el fondo…— dijo Johann encogiéndose de hombros mientras miraba el agua. Estaba más frío al pie de la cascada.

—¿No son dos?— pregunté y sentí que dije algo incorrecto —Maya me dijo que dos personas se suicidaron aquí—.

No entendía por qué ninguno dijo nada, hasta comentar que eso sólo dificultaría más cosas. Los dejé solos al ver al tigre meterse detrás de la cascada.

Lo seguí sin que ellos dijeran nada, estaban ocupados hablan del suicidio y los fantasmas y lo complicado que era que las personas no hicieran un entierro como la gente. El tigre me llevó hasta el fondo. La cueva se parecía a la que yo habitaba, pero era mucho más fría y amplia. Era la cascada, eso era seguro. Encendí mi mano para ver hasta el final. Había un esqueleto junto a algunos adornos de barro e hilos.

—Quizás, él sea quien nos falta— me dijo Maya apareciendo detrás de mí, sonriéndome.

Asentí y salimos. El tigre no nos había atacado como la otra noche. Me pareció raro, quizás, porque tan sólo quería guiarnos hasta donde estaban los restos de aquella persona.

Maya salió. Yo me quedé esperando a que los muchachos llegaran. Johann examinó los huesos y Francis las vasijas. Allí, encontraron cenizas, y un collar de piedras y plumas. Probablemente, de la muchacha que habíamos visto lanzarse a la cascada. Si las conjeturas eran correctas, él era su amante y había recuperado sus restos para enterrarla, sin haber podido escapar de aquella cueva o quizás, muriendo porque ella ya no estaba entre los vivos, quedándose sólo con sus cenizas como recuerdo.

Maya me explicó que los fantasmas suelen quedar ligados al mundo terrenal por algún objeto, sus restos o algún pendiente. Ella se quedó porque él no la dejaba ir.

Salimos y quemamos todo. Las vasijas, los huesos y las cenizas. El suiko nos siguió y quedó enfrente de nosotros cuando todo comenzó a arder. El tigre blanco lucía imponente ante nosotros viendo las llamas que empezaron a consumirlo a él también. Se irguió en dos patas y ante nosotros, un hombre tomó forma, vestido de piel y cuero. En el pecho tenía pintada unas garras, como las de un tigre.

La muchacha que vimos la noche anterior, se lanzó desde la cascada y antes de llegar a reencontrarse, desapareciendo entre las gotas de agua.

—Hoy ha sido fácil— dijo Francis. Normalmente, no tenían ese tipo de trabajo, por lo general, les costaba mucho más deshacerse de cualquier ente sobrenatural.

—Pero ha sido triste. Estar tanto tiempo reviviendo la muerte de ella debe haber sido duro para el suiko— dijo Maya.

—Pero se reunieron de nuevo. Así que podemos ir a desayunar y buscar el auto— Johann cruzó las manos detrás de su nuca y comenzó a caminar. Francis lo siguió apenas el fuego quedó consumido.

Me quedé viendo a Maya marcharse con sus hermanos.

—¿No vienes?— me preguntó ella haciendo que los demás se detuvieran a esperarme.
Le sonreí y comencé a caminar.

Entendía al suiko. Sé que si algo le pasara a ella, me quedaría esperándola hasta que pudiéramos volver a reunirnos, ardiendo en una misma llama, hasta consumirla y desaparecer. Como el suiko y su mujer.





Y hasta aquí llega. La verdad, es que el sueño no tenía ese final, porque mi subconsciente es muy bueno dejándome con la intriga :,D pero era la idea —o eso espero XD—. Los personajes ya se los había presentado en otra ocasión, en algunos cuentos —tengo que hacer un índice de ellos, prometo que los haré >.<—. Aunque es la primera vez que escribo desde el punto de vista de Ciro y me ha resultado algo bastante complejo al ser tan inocente y reflejarlo en el cuento, pues, tiene siglos encima, pero es bastante tonto para lo que es la socialización.

Espero subir algo más de ellos más adelante, por ahora, es todo.

Espero les haya gustado.

¡Se cuidan! Pasan un hermoso día y una bella noche.

Bye!

8 comentarios:

  1. Que bonito sueño, con una trama muy bien creada en tu relato, con la mujer tirandose a la cascada. El final tambien te quedo muy original. Seguramente que lo entendía, el amor es asi, muy fiel cuando nos atrapa entre sus garras.
    Bso

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    1. ¡Gracias! Me alegra que te haya gustado.

      Yo también pienso que lo entendía bien <3

      ¡Un abrazo!

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  2. Me gusto mucho tu relato y ami me pasa lo mismo con mis sueños Te mando un beso

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    1. Sí, pueden surgir cosas muy interesantes de ellos.

      ¡Un abrazo!

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  3. ¡Me encantó! Me gusto mucho, se me hizo fresco y nada pesado. ¿Eso soñaste? Vaya, que sueños más interesantes tienes, deberías contar más de esos :3
    Saludos

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    1. Sí, de hecho, suelo contarlos, que muchas de mis historias han nacido de sueños. Una de mis musas XD

      ¡Un abrazo!

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  4. Este tipo de sueños, son tan guays, que vale la pena contarlos. muy buen relato, Rox!

    Un besote!

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    1. ¡Gracias! Me alegro que te haya gustado. Cuando surja otro, escribiré seguramente.

      ¡Un abrazo!

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