sábado, 7 de enero de 2017

El eterno verdugo

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que de maravillas :D ¡Les traigo un cuento! Me surgió de un sueño o una pesadilla, no estoy segura de ello (?) lo importante es que está que hace un tiempo que no traigo algo de este estilo, que me encanta *o *


El eterno verdugo 

El edificio estaba en ruinas. Lo que había sido un día un hotel de cinco estrellas había caído en el olvido a ser una pensión de mala muerte. El arco de la entrada que alguna vez había recibido las mejores críticas de instruidos arquitectos y artistas, ahora, parecía que iba a caerse en cualquier momento con una ventisca fuerte o una lluvia ligera.

Él se detuvo tragando duro en frente de la entrada, viendo el piso agrietado por el que la hierba se hacía paso para sobrevivir, sobresaliendo por las grietas que el paso del tiempo y el descuido les habían dejado para sobrevivir. La pintura estaba descascarada y algunas partes hasta se podía ver los ladrillos, cubiertos por una enredadera que se esforzaba por trepar el edificio y llegar a donde le diera el sol.

—Patrimonio cultural. La gente está loca— soltó encogiéndose de hombros. El día anterior, los vecinos habían organizado un baile, pidiéndole al gobierno la preservación del monumento que alguna vez, había hecho historia, ahora, sólo era historia.

Tenían los legajos, el papeleo, absolutamente todo, pero lo habían mandado a que hiciera la inspección del edificio. En general, habían hecho el legajo, la aprobación y todo el chiche, pero nunca habían comprobado que no era un edificio seguro, así que le iban a dar con el gusto, aunque fuera muy poco.

Dante hasta temió por su vida al entrar, no por lo que pudiera ver allí, sino por lo que se pudiera venir abajo ahí. El edificio estaba muy mal mantenido. Mantenerlo en pie era sólo generar una tragedia que sucedería tarde o temprano con el paso del tiempo. 

Fue una sorpresa cuando entró y encontró a gente viviendo allí ¿quién en su sano juicio llegaría hasta ahí? Aparentemente, personas muy desesperadas. La única forma de aceptar que había personas en un sitio decadente y peligroso como ese, es que había personas que eran decadentes y buscaban algo que los mantuviera en ese estado. Un eterno decadente nunca cambiaría.

—Cada cosa se parece a su dueño— murmuró cuando alguien llegó a la recepción y quitó algo de polvillo que había caído del techo. En realidad, era yeso que se había desmoronado sobre el mobiliario.

La puerta volvió a sonar con un chirrido espantoso, volteando a ver que alguien salía del edificio ¿quién necesitaba alarmas cuando había una puerta que hacía que se enterase todo el barrio que alguien entraba o salía? 

Le explicó que iba por la inspección del edificio, para al fin dar el visto bueno para la demolición del mismo. Y entendía las razones como para no haberlo hecho anteriormente a eso, era cuestión de verlo por fuera y uno ya sospechaba sobre el interior del edificio.

—Es lamentable que hayamos tenido que venderlo. Y que ahora lo vayan a demoler— comentó el muchacho por la escalera —cuidado con ese escalón, está flojo— le avisó justo antes de que lo pisara o podría haber trastabillado.

—¿Por qué no lo mantuvieron? El edificio siempre fue muy famoso y visitado por muchas estrellas—

—Lo fue. Pero pasaban cosas extrañas. Cuando se llegaron a difundirse  los rumores, las personas dejaron de venir aquí y la estadía fue disminuyendo hasta volverse casi nula—

—¿Y qué es lo que sucedía?—

—Supongo que ya no importa ahora que va a dejar de existir— el tono de voz del muchacho cambió cuando lo dijo —sucedieron algunos ataques. Nunca pudo encontrarse nada que inculpara a una persona, así que se rumoreaba que estaba encantando. En una ocasión, un hombre fue arrastrado fuera de su cama. Nunca encontraron a nadie en la habitación. En otra ocasión, a una mujer le hicieron un corte en la media espalda en frente de un espejo. Ella pudo ver a su atacante pero nunca hubo nada. Sólo la marca que le quedó en la espalda del ataque—

Dante sintió un escalofrío recorrerle la espina. Tenía terror a los espíritus y enterarse que estaba en un lugar donde las historias de ultratumba parecían predominar era algo que no quería presenciar.

—Hicieron una limpieza en la casa, pero eso parece que lo enfureció más y comenzaron a ser más seguido los ataques hasta que acabamos por venderlo. Ahora, emplazaran un centro cultural aquí— le sonrió abriendo con cuidado una de las puertas casi trabadas.

Él ya sentía que no hacía falta revisar las habitaciones, no quería encontrarse con nada allá dentro. Pero tenía que hacer su trabajo y justo ahora el ser profesional le importaba poco y nada. Lo iban a demoler de todas formas ¿no es así?

El ver el edificio le había dado un muy mal augurio y el enterarse de todo eso sólo lo hizo sentir mucho, pero mucho peor. No necesitaba nada de eso, bien podrían asignarlo a otro trabajo. Observó las habitaciones, entrando a una de ellas donde se veía un lapacho en flor rosado. Hacía años que no veía a los lapachos en flor de esa manera. El amarillo era común en la ciudad, pero últimamente, con las sequías y las heladas, apenas daban flores. El clima era pésimo, por eso, verlo ahí lo hizo olvidarse de todo y acercarse a la ventana del jardín para verlo más de cerca.

Gritó al mirar hacia abajo: estaba lleno de cadáveres colgando de los árboles del jardín y un hombre corpulento debajo del lapacho rosado. El muchacho que lo había acompañado corrió hacia él mirando por la ventana sin encontrar qué era lo que lo había asustado. 

—¿Qué sucedió?— preguntó asustado intentando sosegar a su invitado sin poder conseguirlo. Estaba demasiado nervioso.

—¡El jardín! ¡El jardín está lleno de gente muerta!—

—Pero es sólo un jardín—

—No, no lo es— negó repetidamente levantándose y tropezando con sus pies —es un cementerio—.

Sin atreverse a comprobar la veracidad de la historia, o de que no había nada allá abajo, el hombre salió corriendo de la habitación, cayendo por las escaleras. Un mal paso y había terminado causándose un esguince en el pie derecho, al caer.

El muchacho le proporcionó los primeros auxilios aun contra su voluntad, haciéndole un vendaje y colocándole hielo encima. Lo dejó en la sala unos minutos en lo que llamaba a alguien que lo ayudara a llevarlo al hospital, aunque estaba seguro de que no había sentido el hueso roto, pero para confirmarlo no iba a perder nada.

Nervioso, se ovilló en el sofá intentando no mirar a su alrededor. Pero le era imposible, sentía, el miedo, el frío, el corazón que latía cuál tambor, casi como si le fuera a atravesar el pecho. El viento frío fue lo peor. Dante miró por sobre su hombro y vio escribirse en el espejo: el momento de tu castigo llegó. Y sintió que la ida se le iba a ir en esos minutos en los que el casero llegaba, levantándose cojeando hacia la puerta cuando lo vio: el hombre que estaba fuera, bajo el lapacho. Fue el momento en que sus miradas se encontraron que conoció lo que era realmente el miedo.

El hombre media casi dos metros, según sus cálculos, huesos grandes, fornido y llevaba un látigo en la mano. El deseo de la muerte se reflejaba en esa mirada, en los cayos de sus manos. Incluso, hasta había pensado que aquellos labios sólo se habían curvado en una sonrisa en el momento en que estaban infligiéndole un gran dolor a alguien más, nunca por otra cosa.

Quiso gritar, pero verlo acercársele se le fue la voz: no podía gritar. No fue hasta que su acompañante volvió con un jarro con té, se disolvió. Entonces, supo que era el momento de irse. El hierro ahuyentaba a los fantasma, por poco tiempo, pero era el suficiente como para marcharse. 

—No permaneceré un segundo más aquí— y aunque hubiese querido gritarlo, apenas le salió un hilo de voz, caminando casi dando brincos para no apoyar todo el peso sobre el pie herido, agarrándose del umbral que dividía la recepción para mantener el equilibrio.

El muchacho intentó calmarlo, cuando lo vio siendo arrastrado por una fuerza invisible, sólo entonces supo que no estaba loco. Lo corrió e intentó sujetarlo acabando por echar la taza al suelo. Fue cuando logró hacer que lo soltara al arrojarla hacia el frente, viéndolo desaparecer en el espejo.

Nunca hubiese creído de que la casa estaba embrujada, nunca le había sucedido nada a él, sólo había escuchado las historias sin llegar a comprobarlo nunca de primera mano como ahora. Ninguno de los dos lo pensó y con la ayuda de él, lograron salir del edificio dejando a aquel ser en el edificio.

Nunca pudieron sacarlo, lo cierto es que después de demolerlo, varios incidentes sucedieron en el centro cultural. Personas heridas, gente que fue arrastrada de la nada, extraños mensajes en los cristales.

Dante, después de renunciar y retirarse a una estancia en un pequeño poblado, se enteró que esa tierra había sido donde se castigaban a los esclavos. El verdugo se encargaba de sus torturas y hasta, de sus ejecuciones y aun después de su muerte, estaba listo, esperando a los que llevaban la sangre de aquellos que alguna vez habían desafiado a sus patrones, para darle el castigo que merecían, en esta vida o en la próxima, los esperaría. Y los azotaría.




Espero les haya gustado <3

Bye!

4 comentarios:

  1. Los sueños pueden ser inspiradores.
    Un edificio venido a menos por culpa de un fantasma, que sigue apareciendo en el edificio que lo remplaza. Un fantasma esclavista amenazante en un centro cultural, tiene mucho sentido. La cultura es una forma de rebelión ante la esclavitud en diversas formas.
    Da para una historia con un detective paranormal, que lo enfrente. Una historia que me gustaría escribir. Pero lo veo dificil por ahora.

    Te felicito por tu cuento.
    Saludos.

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    1. ¡Exacto! Que la esclavitud no es sólo la privación de la libertad física. Me alegro que te haya gustado y si te animas a hacer el relato con el detective, adelante, estaré ansiosa de leerlo a ver cómo les va con el espectro esclavista.

      ¡Un abrazo!

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  2. Me gusto mucho , tiene un buen toque de suspenso y ese verdugo da miedo. Te mando un abrazo

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    1. ¡Gracias! ¡Qué alegría que te gustara! Tenía la idea de que siguiera atormentando, así que quedó asustando gente.

      ¡Un abrazo!

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