martes, 18 de octubre de 2016

Cita en el bar: Capítulo 5 - Nuevos desafíos

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Me pongo un poco al día con esta historia que la he tenido un tantito abandonada (?) pero ya vengo a redimirme o al menos, a intentar hacerlo que como les había contado, he escrito bastante como para ponerme a publicar a lo loco en estos días que pase todo en limpio. Y bueno, ya le tocaba a ésta, que pueden verla completa por aquí.




Capítulo 5

Nuevos desafíos 

Robert se había quedado en la posada mientras ella había salido a comprar algunas cosas que necesitarían para su viaje. Él había conseguido algo de dinero extra ¿Cómo? No quiso preguntar, pero en su situación, tampoco importaba demasiado. Admiraba aquella frialdad con la que hacia todo y ella se preocupaba por un cartel en la pared como si hubiesen firmado su sentencia de muerte. Era increíble, pero no sabía cómo debía tomar todo aquello. Era fugitiva, había colaborado con un fugitivo también y probablemente, hasta había sido cómplice de robo pues, no creía que él en sus condiciones haya salido a trabajar. No, no, era dinero sucio, pero bien que les hacía falta y como dice el dicho: la necesidad tiene cara de hereje. Y ella más que hereje, se sentía completamente atea ahora, yendo a su suerte que al parecer, era bien poca. Y no podía mostrar esas inseguridades, se lo había prohibido: tenía que disimularlo a cualquier precio.

Estaba experimentando lo que era vivir a la deriva, sin un punto de apoyo ni un sitio al que volver, vivir con la certeza de que las certezas no existían salvo para gente más afortunada que desconocía todos los peligros de la vida, la frialdad del mundo o el valor de una cama caliente y un plato de comida. Se sintió especialmente fría al pensar en que ella jamás había tenido que preocuparse por nada más que hacer lo que quisiera. No había más problemas para ella que elegir la ropa qué ponerse o planear una nueva coreografía ¡ilusa había sido siempre! Y mientras contaba la carne seca para sus provisiones, pensaba en lo dichosa que se sentía de tener la posibilidad de comprarla.

Prepararía un bolso con todo lo que necesitaban para salir al amanecer, como venían haciendo. Robert prefería viajar desde temprano y ella odiaba madrugar, algo que venía haciendo a regañadientes ¿por qué levantarse tan temprano? Para aprovechar mejor la luz del día. Y se preguntaba realmente por qué alguien que no podía ver prefería aprovechar la luz del día. Pensaba que era por ella, simplemente, por fastidiarla que eso era lo único que venían haciéndose ambos: se molestaban cada vez que podían, aunque, de vez en cuando, aquel muro entre ambos caía y acababan en un ameno momento.


Intranquila como estaba, apenas terminó de hacer todas las compras, regresó al hospedaje. 

Salieron al amanecer.

El galope del caballo era uno de los únicos ruidos constantes que se escuchaban en el bosque. Nada más que eso y sus respiraciones que como de costumbre, la mañana era bastante silenciosa por el hecho de que Lizzy aún no se acostumbraba a despertarse temprano y galopar tan rápido ¡y eso que tomaba un buen café! Pero Morfeo no la dejaba marcharse de sus brazos con tanta facilidad. Ni ese día ni los siguientes.

Robert, por el contrario, lucia más lúcido que ella y había dormido mucho menos. Sospechaba que se había acostumbrado a dormir poco y mal considerando su vida tan nómada y ajetreada. Estar siempre al pendiente de quien te sigue y a dónde vas, debes esconderte no debía ser algo sencillo. Ella no llevaba mucho en eso y se sentía totalmente estresada.

Más, no iba a ser lo único que la mantuviera estresada al momento. En el cruce del puente, un grupo de seis bandidos habían cortado el paso, teniendo que hacer que el caballo se detuviera de golpe.

—Pero si es la gatita que se nos escapó— dijo uno acercándose. 

Lyzzy intentó que el caballo diera la vuelta, pero ya los habían rodeado. No podían irse así nomás, sin embargo, Robert la tranquilizó al tomarla de la cintura y susurrarle algo al oído para luego, bajarse del caballo.

—Caballeros. O ratas— dijo soberbio poniéndose de cuclillas en el suelo con una mano en el mismo. 

Lizzy no entendía lo que estaba por hacer, pero debía estar atenta, aunque tenía miedo por él.

—¿Estás seguro?— le preguntó sin soltar las riendas.

—Mucho, así que no te atrevas a estorbar— sentenció y ella acabó por asentir de mal humor al escuchar esas palabras. Aunque luego de pensarlo, tampoco podía hacer nada en ese momento más que mirar.

Él sacó un arma, iba a enfrentarse a todos ellos solos y sin ningún tipo de tacto, volvió a desafiarlos una vez más. Robert sacó un arcabuz de entre sus ropas y disparó al primero, haciéndolo caer al suelo. Un ruido seco se oyó y en ese momento, Lizzy supo que debía marcharse. Manejó al caballo y lo guio hacia el bosque lo más rápido que pudiera hacerlo. No podía dejarse alcanzar.

Y mientras él se encargaba de los otros cuatro, uno se montó al caballo y siguió a Lizzy.

Nunca había sentido una desazón tan fuerte en el cuerpo. El peligro, el miedo, la tensión, todo eso lo estaba experimentando en muy poco tiempo, demasiado poco, que había pasado toda su vida sin haber sentido semejante emoción en ningún momento. A lo sumo, cuando pensaba en el trabajo de su padre o algún bandido que pudiera hacerle daño, pero nada semejante a eso.

Escuchó un disparo y atinó a agacharse, bien pegada contra la crin del caballo y haciendo saltar unos arbustos para perderse entre la espesura, necesitaban desaparecer de su vista, aunque no lo suficiente para que Robert no los encontrase ¿Cómo lo haría? No podía dejar de preguntarse qué clase de persona era aquella con la que estaba viajando, que incluso, sin ver veía mucho más que ella.

Estaba nerviosa y el caballo asustado, iba al límite por los disparos que acababa fallando por la misma persistencia de ella y el caballo de no ir en línea recta.

No supo en qué momento, pero el silencio se hizo detrás de ella, acabando por apretar más las riendas para detener al animal y mirar sobre sus pasos, intentando encontrar algo que le diera una pista de que todo estaba bien. Pero no la encontró, la calma aquella no le daba buena espina, por lo que decidió seguir un poco más, encontrando un lago donde dejó que el animal se recompusiera.

La noche cayó y no tenía señales de Robert ni de los bandidos. No quería encender una fogata porque tenía miedo de que eso hiciera que la descubrieran.

Más, entre tanto ajetreo y con todas las emociones que había pasado, se quedó dormida al lado del caballo, abrazándose las piernas mientras esperaba que él llegara por ella. Se durmió pensando en eso y con la incertidumbre en el corazón, deseó que estuviera bien y volviera a verlo en la mañana.

Despertó aturdida. Lo adjudicaba al mal día que había pasado, más, la sorpresa había llegado a ella cuando frotó sus ojos para ver mejor a su alrededor: ya no estaba en el bosque ni en el lago. Estaba en casa ¿Cómo? ¿Por qué? Le dolía la cabeza y sólo pudo pensar que era un sueño del que no quería despertar.



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Espero les haya gustado.

¡Se cuidan!

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2 comentarios:

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