sábado, 13 de agosto de 2016

52 días de reto: día cuarenta y dos

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que muy bien <3 ¡Esto es algo que no les había contado! Así que vengo a presumirlo ahorita (?) ¿Recuerdan el sorteo que les conté de Desvarios de una aspirante a Ilustradora? ¡Lo gané! Ni yo lo creía que la suerte desde hace tiempo que no me sonríe, pero no hay mal que dure cien años dicen XDD

 Y pedí una ilustración de Kitsune, un personaje de ella, un zorrito de lo más tierno y el resultado fue éste <3

Yo hice la edición para no cargar la entrada con esto, que no viene al caso, sólo quería decir lo precioso que está el dibujo y lo mucho que me emocioné cuando lo vi <33
Ahora sí, vamos al reto en cuestión XD

Día cuarenta y dos: Escribe una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.



Esperando el tiempo

Ella estaba todos los días sentada en el mismo banco, como si nada. No importaba cuánto tiempo pasara sentada, no se movía de aquel lugar. La gente se había inventado muchas historias sobre ellas, más, ninguno se acercaba a hablarle, a preguntarle si estaba bien o si necesitaba algo. Ni si quiera la policía. Simplemente, le habían dicho que estaba loca y como aquel era un pueblo chico, no tenían mucho qué hacer con ella si alguien no llegaba a trasladarla y con la suerte que tenía, eso podía demorar mucho tiempo.

Pero Carlos se había interesado en ella. Apenas llevaba una semana y se sorprendía como a pesar del tiempo, aquella mujer lucía siempre limpia, con el cabello perfectamente peinado y no parecía sucumbir a los males del sueño, el hambre, el frío o el calor ¿por qué? Nadie la sabía decir nada, si quiera si tenía familia, sólo que estaba allí desde hacía un par de años y no se movía del lugar en lo que la gente deambulaba por ahí. Cuando la noche caía, ya no sabían que el lugar quedaba desierto.

Compró algunas cosas en la tienda y se fue hasta donde ella estaba. Se sentó a su lado y comenzó a hablar de las típicas cosas de las que uno habla con un extraño. Sacó un yogurt y le ofreció otro a la mujer que siguió mirando al frente, como si nada. Él sonrió y continúo con su plan: averiguar por qué estaba sentada ahí.

—¿Espera a alguien?— preguntó después de hora y media de charla. Fue después de eso que ella se dignó a dirigirle la mirada con una sonrisa y volver a mirar al frente. Pasará lo que pasara, sentía que no iba a obtener una respuesta de ella, por mucho que se esforzara. Ahora bien sabía por qué la gente ya ni se acercaba a ella. Probablemente, en su momento le habían hecho alguna que otra pregunta, pero al ver su actitud casi inerte mirando al frente, habían dejado de acercarse y dejarla sola ¡y eso sólo era más interesante!

Se quedó pensando allí, esperando alguna reacción por parte de ella, pero era como si no estuviera. El tema es que ella estaba ahí, así que debía de haber una forma de obtener una respuesta, y quizás, era que debía saber cuál era la pregunta correcta.

Pero después de varias horas allí, se cansó y decidió que volvería al día siguiente ante la falta de respuesta de ella por acompañarlo. Una semana estuvo yendo y viniendo, intentando encontrar eso que la hiciera hablar.

—¿Perdió algo?— fue cuando obtuvo una segunda sonrisa de ella y ¡además, señaló al frente! El muchacho insistió preguntando y preguntando. Hablaba y suponía él sólo pero no había más que silencio y la mano de ella que apuntaba al frente ¿Qué podría estar señalando? Sólo veía un árbol. Un triste y solitario árbol, viejo y con hongos trepándole por el tronco. Pero ella lo señalaba. Y quizás, en el árbol estuviera la respuesta.

Se acercó con esperanzas y la volvió a mirar por sobre el hombro, viendo que aún mantenía el brazo firme señalando al frente. Entonces, decidió seguir con ello y ver el árbol más de cerca: era un árbol ordinario. Algo seco, con más años de los que podía imaginarse. El tronco era grueso y la corteza en donde estaba el hongo se caía con facilidad al tocarlo. Nada del otro mundo, pero ella lo miraba impaciente desde el asiento.

Revisó el árbol completamente y no terminó por hallar nada. Entonces, volteó a verla diciéndole exactamente eso, pero ella seguía apuntando con el brazo extendido hacia ahí. Y se detuvo a verla un momento y siguió exactamente el punto que ella debería estar viendo: la copa. Y la miró preguntándole con su mirar si era en serio, pero como en tantas otras ocasiones, quedó en nada. Así que se arriesgó a subir. 

Hacía años que no trepaba un árbol y el jean no era el mejor para subir a uno, de eso estaba seguro, pero quería saber, quería respuestas y de la única forma que iba a obtenerlas era siguiendo lo que ella indicaba. Algo bueno tenía que sacar de todo ello después de todo.

Rebuscó entre las ramas, hasta en un hueco que vio en el tronco, probablemente, nido de algún animal y no halló nada hasta que llegó a la cima y vio un pequeño destello en la rama superior, casi escondidos por las hojas grandes. Se estiró lo más que pudo para tomarlo entre sus manos, cayendo en el proceso, raspándose al agarrarse a una rama antes de impactar contra el suelo y que el golpe fuera mucho más duro todavía.

Bajó del árbol y se quedó mirándolo: era un reloj de bolsillo, viejo, viejísimo. Algo sucio y desgastado por el paso del tiempo, tanto que los engranajes no funcionaban y le había costado abrirlo y ver que por dentro estaba tan amarillo como las hojas de un libro al que el tiempo le había pasado factura. Lo limpió con la manga de su camisa y leyó la inscripción del interior:


Para Samuel, feliz cumpleaños.
25 de septiembre de 1786

Él lo cerró y se acercó a ella, exhibiendo el reloj en su palma.

—¿Es eso lo que buscabas?— preguntó con la esperanza de estar en lo cierto. 

Y fue la primera vez que la vio moverse. Se levantó de su asiento para tomar el reloj con sus manos y sonreírle como si con aquella sonrisa blanca que ella le había mostrado, tan feliz, tan pacífica, le diera las gracias.

En ese momento, ella se desvaneció con el reloj en mano.

Casi le da algo. Estuvo seguro de que le dio algo cuando cayó al suelo golpeándose el trasero ¡pero la mujer se había desvanecido en frente de él! ¡Por Dios y la Virgen Santísima! Gritaba haciéndose hacia atrás del lugar. Y no pudo más que alejarse de allí con la sensación de que el diablo andaba detrás de todo.

Pero al llegar a su casa y serenarse después de tomarse un trago de vodka puro, intentando encontrarle la lógica a lo sucedido, lo pensó. Si era obra del mal, ella jamás se habría quedado sentada allí. Y aunque tenía miedo de descubrir qué era, se puso a investigar.

Pasaron días, meses y nunca llegó a nada. Un fantasma. Un simple fantasma de una mujer apesadumbrada que al fin encontró lo que siempre buscó, eso se dijo que era. Y esperaba que al fin, con aquel reloj, su tiempo de espera hubiese valido al menos, una alegría.




Tenía pensadas dos cosas para esto: un objeto o que el personaje haya perdido la vida. Al final, terminó por ser ambas cosas lo que perdió: la vida y el reloj. Y como había leído por ahí que los fantasmas en muchas situaciones, necesitan tiempo para materializarse, esto de que sea un fantasma de siglos y que haya llegado hace poquito a ser visto me gustó mucho. 

Espero que a ustedes también <3

¡Se cuidan!

Bye!

5 comentarios:

  1. ¡Que bonito! Me encantó. Super bonito y tierno, y fantasmagorico. Me encanto. :D
    ¡Un besote!

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    Respuestas
    1. ¡Gracias! Quería que fuera algo más tenebroso, pero los personajes se fueron por otro lado al final xD

      ¡Un abrazo!

      Bye!

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  2. ¡Oh,pues te ha quedado muy bonito! Me ha encantado el rollo misterioso del fantasma y la preocupación del chico por ayudarla. Ha sido muy interesante. Aunque ojalá hubiese sabido quien era esa mujer.

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    Respuestas
    1. Siéndote sincera, había pensado en armar un poco todo eso, pero eso de quedarse con la duda le quedó mejor xD

      ¡Cuidate!

      Bye!

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  3. Me gustó. Es una clase de final feliz que alguien ayude a un fantasma. Un fantasma que todos veían sin darse cuenta de su condición.
    Un abrazo

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